Todos nos acordamos del abuelito de Heidi: un hombre noble, fuerte, trabajador, honrado y con un gran corazón. Sin embargo, en la aldea que quedaba más cerca de su casa, la cual visitaba de tarde en tarde para vender sus quesos, casi nadie le tragaba. Es más, muchos hasta le detestaban. Incluso algunos le temían por su carácter seco, su mal genio y sus arranques explosivos. En realidad, el abuelito de Heidi no era una contradicción andante. Era la personificación de la ambivalencia humana, es decir, la coexistencia en un mismo individuo de la luz y de la sombra, del amor y de lo que no es amor. Es cierto que el abuelito de Heidi vivía como un ermitaño en su cabaña de las montañas sin hacer daño a nadie, pero con el paso de los años la amargura fue apoderándose de su corazón hasta hacer mella en él. Y ese dolor silencioso, dilatado con los avatares y con las vicisitudes del tiempo, fue el que le llevó a desarrollar ese carácter frío, seco y distante con los lugareños, quienes, comprensi...
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