Lo ilustraré sirviéndome de un ejemplo muy típico. Imaginemos a una mujer muy guapa y atractiva, que cada dos por tres escucha piropos sobre su físico. Un buen día conoce a un hombre que le atrae en la fiesta de una amiga y se queda mirándolo unos segundos. El hombre en cuestión se percata, se acerca a ella y le dice: Hola, me estaba fijando en ti porque eres guapísima. Tienes una sonrisa preciosa y un cuerpo espectacular. Estoy muy impresionado. Lo más probable es que esa mujer, inmediatamente, pierda interés por ese hombre. Fundamentalmente, porque ella escucha constantemente comentarios de ese tipo, y está tan acostumbrada a ello que lo que percibe en él es que se trata de uno más. Un adulador más, del montón, que ha caído completamente rendido ante sus encantos y de forma súbita. Por lo tanto, él pierde valor ante ella. Sin embargo, la cosa habría cambiado sustancialmente si él le hubiera dicho algo como: Hola, me has llamado la atención y me han entrado ganas de charlar un rato co...
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