Cuando alguien ingiere un alimento sin que haya terminado completamente la digestión de la comida que todavía se encuentra en el estómago, la mayoría de las veces se genera un conflicto digestivo que acarrea consecuencias dañinas.
Para cada comida que ingerimos, el estómago genera jugo gástrico en una concentración y cantidad específicas, a la medida. Y si el estómago está en proceso de digerir un alimento y empezamos a comer otro sin haber terminado la digestión del primero, entonces el estómago tiene que interrumpir la digestión inicial, recalcular la concentración y la cantidad del jugo gástrico y seguir con el proceso. Sin embargo, al tratarse de un acto antinatural (comer con el estómago ocupado), lo más habitual es que este solapamiento de digestiones acabe con fermentaciones, acidez, gases, y, en cualquier caso, con la producción de toxinas. Pero nuestro cuerpo necesita nutrientes, no toxinas.
Este hábito puede ser nefasto con el paso del tiempo y derivar en gastritis, úlceras, dolores, molestias, gases recurrentes o reflujo gástrico. Aunque lo que es seguro, con tiempo suficiente, es que la formación reiterada de toxinas tenderá a intoxicar y a dañar el organismo. Por eso, no solo es importante saber elegir alimentos de calidad y cocinarlos de la forma adecuada. Para disfrutar de digestiones ligeras, buena salud y para poder aprovechar convenientemente los nutrientes que contienen los alimentos es necesario, también, saber combinarlos y respetar los tiempos de digestión. Es algo fundamental.
¿Y cómo sabemos que una digestión ya ha terminado?
Porque sentimos una sensación clara de estómago vacío acompañada de un ruido muy característico. Es decir, sentimos hambre real, hambre física (que no debe confundirse con la ansiedad por comer).
Una vez más, conviene actuar con sentido común: comer cuando se tiene hambre real, comer con moderación, masticando muy bien la comida y respetando las digestiones.
Tan simple como eficaz.
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