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    Carlos Lacomba Verdés
    Educador para la alimentación,
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16 mayo 2013

¿Realmente hace falta invertir mucho dinero para vivir saludablemente?

Actualmente, y desde hace ya muchos años, proliferan en el mercado de la salud y el bienestar toda una serie de aparatos de última generación para cuidarse, sofisticados complementos dietéticos, depuradores de agua con tecnología de la NASA... muchos de ellos a elevados precios (cuando no, exorbitantes). Y quienes los venden nos aseguran que los necesitamos, casi que son indispensables para nuestra armonía, para curarnos, para eliminar toxinas, o para lo que sea; y lo argumentan con toda una serie de estudios científicos que muchas veces están sufragados o patrocinados por las propias marcas a las que pertenecen dichos productos. Ah, y hay gente que los compra... a pesar de la crisis.

Aquí, en este tema, hay mucho que rascar...

Yo, no sé si ingenuamente, pero me pregunto:

  • ¿Por qué comprar un bote tipo complemento dietético con un popurrí en polvo de más de 100 ingredientes ecológicos (ya puestos, podrían haberlo elaborado con 1000) que vale más de 60€ el quilo cuando por ese precio puedes llenar un carro de la compra hasta arriba con alimentos igualmente ecológicos pero vivos y frescos? ¿Es que ahora resulta que los preparados de un laboratorio son capaces de superar a los frutos que da la Madre Naturaleza y yo no me he enterado?
  • ¿Por qué invertir en un sofisticado colchón de más de 2500€ con cerámicas que supuestamente generan infrarrojos e iones (pero que al mismo tiempo contiene otras fibras sintéticas derivadas del petróleo que desequilibran los iones, pero eso no lo dice la publicidad) cuando, si lo que buscas es un colchón 100% saludable y natural, un futón de algodón y lino 100% hecho a mano (incluso por encargo a una modista o costurera), por poner un ejemplo, te puede costar menos de 300€?
  • ¿Por qué pagar 1500€ por una extractora de jugos-centrifugadora de cerámicas antioxidantes cuando te puedes comprar una licuadora de 50€ y ponerle el zumo de medio limón en el recipiente colector, antes de hacer el licuado, para que éste no se oxide? O, simplemente, comer la fruta bien masticada (más barato, y más sano, todavía).
  • ¿O por qué pagar más de 6000€ por una sauna fotónica que te mete una radiación calorífica fraccionada y no natural (no de espectro completo, como la del Sol) en el núcleo de las células (con lo que eso puede suponer a largo plazo) cuando puedes tener toda una señora sauna de madera, como las de toda la vida, o como las que usan los finlandeses desde hace cientos de años, en tu baño o en un pequeño cuarto por menos de 1000€? O incluso una ducha-baño turco por menos de 500€.
  • Y de esos depuradores de agua electrónicos, con pantalla, músiquita, control de pH, que te dicen los comerciales que los venden que están en todos los hospitales de Japón (aunque me parece, si no me equivoco, que en todos los hospitales de Japón también hay aparatos de rayos X, medicamentos... o sea, que no por venir algo de Japón, y no por estar en todos los hospitales -lo dudo mucho, a decir verdad- ya tiene que ser la repanocha e incuestionable) y que cuestan un riñón (el que te prometen salvar si bebes el agua que producen)... mejor no hablo.
En fin... que ejemplos de este tipo podría poneros a decenas. Y todos estos casos que os comento, así como otros tantos que os podría comentar, los conozco de primera mano, porque amigos míos o alumnos de mis cursos, que han terminado sucumbiendo ante el estudiadísimo márquetin de estas empresas, me los han enseñado, y los he probado. Personas que a veces se han endeudado, quizá porque tenían serios problemas de salud, o porque simplemente les apetecía cuidarse comprando lo mejor... y al final, lamentablemente, no han caído en la cuenta de que lo más barato es, siempre, mirar de frente a la Madre Naturaleza... y abrazarla.

Así pues, contestando a la pregunta que da título a este artículo:

No, claro que no hace falta invertir mucho dinero para vivir saludablemente. Por supuesto que no. La vida nunca le va a apretar las tuercas, ni le va a exigir grandes sacrificios o inversiones, a toda aquella persona que, desde la sencillez y la humildad, busque sentirse mejor o disfrutar de mayor salud y bienestar.

La Madre Naturaleza está ahí, a nuestra disposición, cuidando de nosotros, sus hijos, con amor y con sabiduría. Y tal como haría una madre amorosa con sus hijos, exactamente igual, su único interés es darnos en cada momento lo mejor de sí misma.

Doy fe de ello.

Etiquetas: Salud

autor: Carlos L. V.    e. permanente |

09 mayo 2013

Diez ejemplos de gestos que delatan y potencian la autoestima

Tal como he comentado en otras ocasiones, la autoestima no es sino el amor dirigido hacia uno mismo. También denominada amor propio. Y consiste, básicamente, en darse uno a sí mismo, en cada momento de su vida, aquello que es más adecuado para mantener lo más alto posible el nivel de armonía, salud y bienestar.

Amarse uno a sí mismo... Suena fenomenal, sí, pero, ¿cómo se hace eso? ¿Cómo ponerlo en práctica en nuestra vida cotidiana?

Los que siguen a continuación son diez ejemplos muy simples de situaciones en las que la persona actúa movida por la autoestima. Para referirme a la protagonista de dichos ejemplos (inspirados en la realidad) utilizaré el nombre de María:

  1. María se adentra en una conversación de política con una amiga que es de signo contrario al suyo. Una conversación que comienza a ponerse tensa por las discrepancias de ambas. María se da cuenta de que su interlocutora está muy convencida de lo que dice y que no va a cambiar de opinión, así que en vez de seguir adelante con la discusión cambia delicadamente de tema, buscando un punto de encuentro entre ambas. De este modo, María no pierde su estado de armonía interna.
  2. Invitan a María a una cena compartida en la que cada uno de los asistentes lleva algo. Hay abundancia de todo. Sin embargo, María tiene que madrugar al día siguiente para trabajar, y valora el disfrutar de un sueño reparador y levantarse llena de energía al día siguiente, así que, en vez de darse un atracón que implique dormir mal y levantarse cansada, cena con mucha moderación. Ella no tiene que quedar bien con nadie, sino consigo misma. Por eso actúa decididamente.
  3. Después de seis meses de relación, María se da cuenta de que no ama a Pablo, su pareja. Se llevan bien y comparten momentos agradables, pero ella ya no siente ninguna chispa y por eso considera, honestamente, que es mejor terminar con esa relación; o, cuanto menos, transformarla en una relación de amistad, sin más. Por eso, en vez de quedarse aferrada a ella indefinidamente, la cierra, y se abre confiadamente a una etapa llena de nuevas y mejores posibilidades.
  4. María lleva cinco años trabajando en una empresa en la que, debido a su política con los trabajadores, comienza a sentirse a disgusto. La presión sindical no logra mejorar las condiciones laborales, por lo que no hay visos de que la situación mejore. A pesar de que María percibe un buen sueldo y que disfruta de un contrato indefinido, ella se da cuenta de que no quiere enfermar a la larga en un trabajo que empieza a detestar y que le causa un malestar cotidiano, así que se permite abrir su mente a un trabajo más en sintonía con su momento vital presente. Un trabajo que empieza a esbozar, a perfilar y a visualizar en su mente, y con el que empieza a ilusionarse, como una forma de atraerlo a su vida. Simplemente, porque María entiende que es digna y que merece algo mejor.
  5. María lleva algún tiempo arrastrando un problema de salud. Ha visitado varios médicos, y aunque puntualmente ha experimentado alguna mejoría, el problema no termina de solucionarse, además de resultar un tanto incómodo. Entonces, María decide explorar otros caminos y aventurarse en la medicina natural. Quiere curarse, y quiere hacerlo de una manera que no resulte agresiva para su cuerpo.
  6. María sale con unas amigas y deciden ir a una terraza a tomar algo. Cuando llega el camarero, María pide un zumo de piña, pero cuando éste regresa le ha traído a ella, por error, una Coca-Cola, una bebida que no le gusta y que no le apetece tomar. María no recrimina en ningún momento al camarero. Tampoco se queda callada para no incomodarle. Mientras el camarero coloca el refresco delante de María, ésta se lo devuelve amable y sonrientemente al tiempo que le dice asertivamente: Disculpa, pero te había pedido un zumo de piña, dando por sentado que el camarero volverá con la comanda correcta. De ese modo, María hace valer su deseo sin dejarse llevar por el miedo ni avasallando a nadie.
  7. María conoce a una chica encantadora en el gimnasio, con la que entabla amistad. Ésta le invita a ir al cine un día con otros amigos, a ver una película iraní. Y aunque María nunca se ha sentido especialmente atraída por el cine de esas latitudes, decide abrirse constructivamente a la experiencia. Además, valora que su nueva amiga haya contado con ella, y le apetece cultivar esa amistad. Total: que al final, y para más inri, va y le gusta la película.
  8. María acaba de vivir una situación con un familiar que le ha causado rabia, porque siente que dicha persona no le ha tratado consideradamente, así que decide tener una conversación con ella. Acto seguido, María abre el diálogo resaltando (de corazón) un aspecto muy positivo de su interlocutor, expresándole su aprecio, y, a continuación, en vez de hacerle una serie de reproches, y en vez de juzgarle, se limita a hacerle partícipe de cómo se sintió ella, es decir, de cuáles fueron sus sentimientos ante esa situación que tanto le incomodó. Así pues, como no hace reproches ni juzga a la otra persona, ésta termina reconociendo su parte en el conflicto y se disculpa, con lo cual ambas salen ganando y se evitan males mayores.
  9. María quiere tomar una determinada decisión, pero siente miedo e inseguridad. Es arriesgada, y puede perder una buena relación con alguien. Pero si sale como ella desea, podría suponer un gran cambio en su vida y a mejor. El caso es que ella no tiene forma de saber, de antemano, cómo se van a desarrollar los acontecimientos, porque, precisamente, le falta esa experiencia, le falta vivirla. Así pues, al final, decide actuar. Concluye que es mejor meter la pata y luego disculparse que quedarse con las ganas de hacer algo hacia lo que se siente fuertemente impelida.
  10. María está escalando la pared de una gran montaña con un amigo que es como un hermano. Ambos están sujetos por la misma cuerda. En un momento dado, se rompe un amarre que estaba defectuoso y los dos caen hacia abajo unos pocos metros, quedando suspendidos de un solo amarre de refuerzo... y él por debajo de ella. Con el peso de ambos, dicho amarre no aguanta y empieza a ceder. María es consciente de que su única posibilidad de salir viva es cortar la cuerda por debajo de ella, por lo que su amigo se precipitará al vacío y morirá. La alternativa es no cortarla, y dejar que el amarre termine de ceder, con lo que a buen seguro morirían los dos. Por consiguiente, con todo el dolor de su corazón, María le dice a su amigo que lo ama, se despide de él, y, a continuación, corta la cuerda.

Etiquetas: Crecimiento personal

autor: Carlos L. V.    e. permanente |

06 mayo 2013

Venenos, dosis y comestibles con aditivos.

Según la RAE, un veneno es una:

Sustancia que, incorporada a un ser vivo en pequeñas cantidades, es capaz de producir graves alteraciones funcionales, e incluso la muerte.

Cuando se asegura que los alimentos comestibles con aditivos son seguros porque las sustancias químicas que contienen se encuentran en bajas dosis parece que que no se tiene en cuenta, no sé si deliberadamente, la definición de veneno. Porque un veneno perjudica siempre, se tome a la dosis que se tome. Otra cosa es que uno lo note o no.

Normalmente, cuando se piensa en veneno se tiene la idea de que es una sustancia que al ser ingerida provoca graves daños perceptibles, o bien la muerte... en poco tiempo; si no, inmediatamente. ¿Pero qué pasa si esos daños ocurren, o si te va matando lentamente, a lo largo de semanas, meses, o, incluso, años?

Supongamos que tenemos una viga de carga de madera en nuestra casa que, en un determinado momento, se ve atacada por la carcoma. Entonces compramos un producto para matarla... pero el daño (en principio, sin importancia) ya está hecho. Al cabo de un tiempo, la viga vuelve a ser atacada por la carcoma y nosotros volvemos a matarla, pero el nuevo daño que ya ha hecho a la madera se suma al anterior. Y así, el proceso se repite varias veces, hasta que al final la viga de carga se colapsa y la casa se hunde.

Cualquiera hubiera dicho al principio que un par de bichitos eran incapaces de arruinar la casa, pero si se va sumando los ataques de las sucesivas plagas, al final, el efecto es catastrófico. 

Pues lo mismo sucede con un veneno.

Efectivamente, hay venenos que pueden eliminarse del organismo... pero después de que hayan causado el perjuicio. Y a esto habría que añadir el efecto permanente que producen los venenos que no pueden ser eliminados del cuerpo, como los isótopos radiactivos, o el mercurio presente en muchos peces. Se trata de sustancias cuyos daños al organismo se incrementan conforme se van acumulando con el paso de los años.

Es curioso: si vas al supermercado a comprar amoniaco te encuentras con el dibujo de una calavera en el envase, o bien con un aspa sobre un fondo naranja (símbolo de sustancia tóxica). Sin embargo, te puedes encontrar compuestos amoniacales formando parte de los ingredientes de ciertos comestibles de panificadora. Exactamente igual que te los encuentras integrando la composición de pilas o de barnices. Pero claro, las autoridades sanitarias te dirán que esos compuestos amoniacales, como todos los demás aditivos, no perjudican a ciertas dosis.

Es conveniente recalcar que el uso de aditivos alimentarios va íntimamente ligado al concepto de vida moderna, de comodidad y de apariencias. Porque estos productos químicos sirven para mantener la integridad de los alimentos (como los antioxidantes), o bien para que conserven en perfecto estado sus propiedades organolépticas (aquéllas que pueden ser percibidas por los sentidos), tal como los nitratos ayudan a que la carne roja mantenga un color rojizo (que delata frescura), en vez de el color verdoso que tendría con el paso del tiempo y como consecuencia del proceso natural de putrefacción.

Si hablamos de alimentarnos de forma natural, saludable y equilibrada, no tienen cabida los comestibles con aditivos, sino los alimentos frescos, integrales, y, de ser posible, ecológicos. Es decir, los alimentos tal como los da la Madre Naturaleza, sin adulterar ni modificar. Ésos son los únicos que pueden ser asimilados por nuestro organismo sin que tengamos que pagar (a la larga) un precio por ello.

Con todo, alguien puede pensar que hoy en día los alimentos son mucho más seguros que hace cien años, porque antes la gente podía morir de tifus o de disentería. Sin embargo, yo les diría a quienes piensan así que a lo largo de la historia la gente ha fallecido de epidemias o de enfermedades comunes por vivir en condiciones miserables (que con frecuencia implicaban una alimentación deficitaria en nutrientes) o poco higiénicas. Si no, fijaos en que muchas de las grandes epidemias que han diezmado a la Humanidad han seguido a períodos de guerras.

Cuando el ser humano vive en armonía consigo mismo y con su entorno, alejado del conflicto, la enfermedad no acontece, ni tiene sentido alguno.

Y, en todo caso, si de lo que hablamos es de una alimentación genuinamente saludable, yo, personalmente, me fío mucho más de los alimentos puros que me ofrece la Madre Naturaleza que de los comestibles que fabrican las industrias. Las cuales, nos guste o no, están sujetas a los intereses económicos de quienes las regentan, y que a menudo se anteponen a la salud (sobre todo, a largo plazo) de las personas.

Etiquetas: Alimentación, Salud

autor: Carlos L. V.    e. permanente |

25 abril 2013

Explicando mi trabajo en las consultas


Algunos de los amigos que tengo, que han pasado por mi consulta, me han dicho luego en confianza (gratamente sorprendidos) que les resultaría difícil explicar a alguien en qué consiste exactamente mi trabajo. Fundamentalmente, porque es muy amplio, profundo y porque no existen profesiones con las que se pueda comparar.

Tampoco es una profesión que alguien me haya enseñado. He ido adquiriendo mi conocimiento y desarrollando mi visión, y mi sistema, por mí mismo, con mis investigaciones y con una experiencia que he ido acumulando a lo largo de más de veinte años.

Mi Gran Maestra ha sido la Madre Naturaleza, que para mí es perfecta y pura. Además, no está sujeta a ninguna clase de intereses. Ella me ha enseñado sus leyes y sus mecanismos, encarnados en las miles de personas que he conocido a lo largo de mi vida, muchas de las cuales he tenido oportunidad de observar de cerca, empezando por mis familiares, amigos y parejas.

Hace mucho tiempo que me di cuenta de que la alimentación es esencial en la vida del ser humano, pero no más importante que su actitud. Como también me di cuenta de que las enfermedades poseen unas causas que van mucho más allá de lo físico (genética, agentes patógenos, toxinas, etc.), siendo el origen de las mismas el universo psíquico y emocional de las personas.

Ya sea que una persona no se sienta a gusto consigo misma, que no se alimente equilibradamente, que tenga problemas de salud que no terminan de resolverse, o bien conflictos personales, será conveniente abordar su caso desde una perspectiva global. O, dicho de otro modo: desde un planteamiento que tenga en cuenta y que aglutine todos los ámbitos de su vida, como las relaciones con los demás, el trabajo, los conflictos, los hábitos cotidianos, etc. Porque si se tiene en cuenta una parte y no el todo no se podrán ofrecer soluciones duraderas.

A veces, le digo a la gente que mi trabajo no consiste en dar peces a los hambrientos sino en enseñarles a pescar. Aunque también sería correcto decir que me dedico a reeducar a la gente para que puedan vivir mejor:
  • con una alimentación más equilibrada,
  • con más calidad de vida,
  • con más salud, energía y bienestar;
  • comprendiendo la relación entre enfermedad y emociones, y dando pautas de crecimiento personal para superar los conflictos;
  • disfrutando de mejores relaciones con los demás.
Como digo, a través de mi trabajo la gente:
  • comprende cuál es su grado de responsabilidad en su proceso personal,
  • entiende las causas profundas de lo que le sucede (enfermedades, conflictos, etc.),
  • se da cuenta de la relación entre alimentación, salud y actitud;
  • adquiere herramientas para incrementar su grado de armonía,
  • y se prepara para actuar y tomar decisiones que transformen positivamente su vida.
Finalmente, si deseas conocer otros detalles sobre mis consultas o contactar conmigo, puedes clicar AQUÍ.

autor: Carlos L. V.    e. permanente |

08 abril 2013

Creamos lo que creemos

Nos han enseñado a creer en lo que vemos y a no dar crédito a lo que no vemos. Ver para creer, dicen muchos. Si bien, yo diría: Creer para crear.

¿Existe una realidad universal, objetiva y consensuada? En mi opinión, hay tantas realidades como personas. Porque aunque es cierto que todos compartimos la realidad, no todos la percibimos de igual modo. Y el modo en que la percibimos, el cómo la interpretamos, determina que la vivamos conflictiva y destructivamente o de forma constructiva y agradable.

Mientras el Titanic se estaba hundiendo, el 14 de abril de 1912, el violinista Wallace Hartley, junto con los siete músicos de su orquesta, poco después de la medianoche, se instaló en la cubierta de primera clase para calmar a los pasajeros en tanto que interpretaban algunas piezas. A las 2 y diez de la madrugada, el navío estaba ya muy inclinado y con las luces apagadas. Entonces, Wallace conminó a sus músicos para que se salvaran. Empero éstos siguieron tocando... Mientras algunos pasajeros se suicidaban y otros eran presas del terror, Wallace y sus compañeros disfrutaban en sus últimos momentos de vida de la magia de la música. La realidad era la misma para todos los pasajeros, pero mientras que la mayoría de ellos la vivía angustiosamente, unos pocos hicieron gala de una actitud verdaderamente extraordinaria.

Este episodio de la historia, como tantos otros, incluso de la vida cotidiana, pone de relieve que aun compartiendo, como todos compartimos, una misma realidad, cada uno la vive, la interpreta y la siente a su manera. Y lo que cada ser humano cree que es (esa realidad) es lo que determinará posteriormente lo que denominamos destino.

Ahora mismo, el mundo se enfrenta a la posibilidad de una guerra nuclear (conflicto de Corea del Norte) cuyas consecuencias podrían ser catastróficas para el planeta. De hecho, algunos analistas sostienen que desde la crisis de los misiles cubanos no hemos estado tan cerca de una guerra atómica.

Así y todo, y aunque la cosa se pusiera muy fea, aunque todos los signos apuntaran en la dirección del conflicto, el hecho de que existamos muchos seres humanos que creamos que una solución pacífica es posible, alimenta las posibilidades de que, efectivamente, esa salida pacífica se dé.

Porque creamos lo que creemos. Y tanto de forma individual como colectivamente.

Nuestras creencias son tremendamente poderosas. Máxime, si se suman a las creencias de nuestros semejantes.

Volviendo al principio de este artículo: no se trata de convertirse en hipócritas ni en mentirosos por decir lo que no es. Si yo estoy muy enfermo y digo: Estoy completamente curado (con plena conciencia y convicción), no estoy diciendo ninguna mentira. Estoy decretando cómo quiero que sea mi realidad. Y no vale decretarla en futuro (Me gustaría estar sano, Quiero curarme), porque lo que más cala en nuestro subconsciente son las afirmaciones hechas en presente. Tampoco vale decir: Lo intentaré o Voy a probar, a ver si me sale. Porque eso, en el fondo, es abrir una puerta al fracaso.

Así pues, si lo que deseas es transformar tu realidad a mejor, para sentirte más a gusto contigo mismo o con tu entorno, para curarte de una enfermedad o para alcanzar algo que deseas, haz tus decretos en presente:
  • Si no tienes dinero, puedes decir, por ejemplo: Soy riqueza y abundancia.
  • Si te aqueja una enfermedad: Mis células y mi cuerpo vibran de salud, de fuerza y de vitalidad.
  • Si te sientes solo y abandonado: Atraigo a mi vida relaciones constructivas, divertidas y amorosas.
  • Si te invade el odio por alguien: Amo tu luz y el aprendizaje que has traído a mi vida.
Y respecto al conflicto de Corea:

El mundo vive en paz, y los seres humanos como hermanos.

Así es.

Etiquetas: Crecimiento personal

autor: Carlos L. V.    e. permanente |

04 abril 2013

Redefiniendo el concepto de inteligencia

Desde que tengo uso de razón, cada vez que alguien a mi alrededor ha mencionado la palabra inteligencia lo ha hecho aludiendo a una capacidad humana para entender o comprender, o bien a una habilidad para resolver ciertos desafíos en poco tiempo, como un acertijo, una ecuación matemática o aprender un idioma.

Antropológicamente, la inteligencia se ha definido siempre como esa particular capacidad de adaptación que tanto caracteriza a nuestra especie, o como una curiosidad especial por lo que nos rodea unida a la virtud de abstraer, de conjeturar, de imaginar, de crear una cultura, de desarrollar una civilización... En definitiva: todo eso que tanto nos distingue de otros animales y de lo que tanto nos gusta presumir (aunque luego, por la boca muere el pez...).

Por eso, desde este punto de vista, hablamos de personas inteligentes a la hora de referirnos a aquellos individuos que destacan de entre los demás por una capacidad especial para entender, resolver o crear. Sin embargo, ¿qué ocurre si una persona posee un gran potencial intelectual y no es capaz, por ejemplo, de ser feliz? Seguro que conocéis algún que otro caso. ¿Pero cómo puede ser que una persona muy inteligente no sea capaz de ser feliz? Y, contrariamente: seguro que habéis conocido a alguna persona muy sencilla, sin una gran capacidad intelectual, que a pesar de ello era muy feliz.

Entonces, ¿por qué unos sí y otros no? ¿Qué es lo que marca la diferencia? ¿Por qué algunas personas sencillas pueden llegar a experimentar un gran bienestar en sus vidas y otras muy dotadas intelectualmente viven sumidas en la amargura?

La diferencia radica en una palabra: ACTITUD.

Si nos paramos a pensarlo, resulta, cuanto menos, llamativo: ¿de qué le sirve a una persona tener dos o tres carreras si luego no es capaz de curarse de una enfermedad que amenaza su vida? ¿De qué te sirve hablar cuatro o cinco idiomas si luego no eres capaz de sobreponerte a un desengaño amoroso? ¿De qué te sirve tener un alto cociente intelectual si luego no eres capaz de disfrutar de relaciones constructivas con quienes te rodean?

De todo esto se desprende una conclusión, a mi entender, muy clara: la capacidad del intelecto no determina la felicidad. Por eso, lo que verdaderamente cuenta en la vida no es la inteligencia bruta. Lo que cuenta, más bien, es que la actitud que desarrollemos en cada ocasión sea inteligente... por cuanto que ésta nos permita adaptarnos con éxito a las distintas situaciones que vayamos experimentando en cada momento, y, así, llegar a ser felices a pesar de nuestras circunstancias.

En suma: que si de lo que se trata es de definir la inteligencia, yo la definiría como la capacidad que un determinado individuo pone en práctica para ser feliz, o sea, para disfrutar de un nivel elevado de armonía, salud y bienestar. No obstante, esa capacidad, por sí misma, no consigue nada. Es necesario, imprescindible, que esa capacidad se convierta, se traduzca, en algo más: en una actitud inteligente.

Así pues, desde esta perspectiva de la realidad, ya no importa que una persona sea más o menos inteligente (como si ello fuera un valor por sí mismo) sino que su actitud ante la vida, y ante los retos que ésta nos plantea, sea más o menos inteligente.

Una capacidad, la de poner en práctica esta actitud, a la que cualquier ser humano puede aspirar.

Etiquetas: Crecimiento personal

autor: Carlos L. V.    e. permanente |

27 marzo 2013

Las enfermedades y afecciones de la mujer delatan conflictos de género

Existen enfermedades y afecciones que, por razones obvias, sólo pueden padecer los hombres, como por ejemplo una prostatitis, o un cáncer de testículo. E, igualmente, existen enfermedades y afecciones, o achaques, que sólo pueden padecer las mujeres... por su propia condición femenina.

La mujer, durante miles de años, ha vivido sometida a las injusticias de un patriarcado opresor que ha abusado de ella, que la ha maltratado y que la ha humillado cruelmente. Incluso hoy en día, en pleno siglo XXI, la mujer sigue sufriendo el azote de un machismo trasnochado y caduco que, sin embargo, permanece vigente en muchos ámbitos de la vida cotidiana.

Las enfermedades o las afecciones femeninas ponen de manifiesto que la mujer ha experimentado alguna clase de dolor o de sufrimiento en su parte femenina (pechos, útero, vagina, ovarios...). Y cada síntoma nos habla, de forma elocuente, sobre la naturaleza del conflicto que hay detrás.

Es lamentable que hayamos llegado a creer que, a fuerza de padecerlos durante mucho tiempo, ciertos males son naturales; cuando, en realidad, no lo son. Por ejemplo: hoy en día se da por sentado que un parto es algo que tiene que ser muy doloroso. Y, sin embargo, ninguna hembra de mamífero salvaje pare con dolor. También se piensa que el que a una mujer le duela la regla es algo natural, cuando no lo es. Puede ser algo muy habitual, efectivamente. Pero no es lo mismo habitual que natural.

Por otro lado, es fácil que una mujer pueda experimentar dolor de regla, cuando, por ejemplo:
  • una adolescente tiene que escuchar de su padre machista algo como: A tu hermano le compro una moto y a ti no porque eres chica.
  • una secretaria tiene que soportar el acoso frecuente de su jefe.
  • una mujer madura experimenta el rechazo o la indiferencia diaria por parte de su marido.
Todo esto duele. Y duele en lo más profundo, en las entrañas.

Cuando conflictos de este tipo se intensifican o se repiten de forma constante también pueden derivar en una enfermedad muy extendida hoy en día, como es la endometriosis, la cual puede resultar tremendamente dolorosa, e incluso incapacitar temporalmente a una mujer para las tareas más comunes.

Otras veces, las enfermedades femeninas adquieren matices distintos: la mujer se vuelve hipersensible y vive repetidas situaciones que le causan gran dolor, malestar o sufrimiento. Entonces, puede llegar a padecer otra enfermedad muy común: la fibromialgia.

A menudo, la mujer tiene que hacer frente a una gran sobrecarga. Por ejemplo: lidiar con un trabajo duro compaginándolo con otro como ama de casa, o de cuidadora de niños, algo que puede ser agotador. No es de extrañar que el eje central de su cuerpo se resienta y sufra de dolores de espalda.

También puede suceder que la mujer tenga que hacer frente a un conflicto de gran envergadura, como una violación, un abandono al que subsigue un desamparo o la mala noticia que le da un médico cuando le dice que nunca va a poder ser madre. Acontecimientos tan traumáticos como imprevistos que pueden derivar con el paso del tiempo en, por ejemplo, un cáncer.

Comoquiera que sea, la mujer puede vivir hoy en día toda una larga serie de situaciones problemáticas y conflictivas que le repercuten desfavorablemente, sacudiendo violentamente su parte más íntima. Algunas de ellas, verdaderos desafíos que pueden surgir en el momento más inesperado y que pueden afectarle de manera determinante. Sin embargo, aunque los seres humanos no elegimos conscientemente vivir ese tipo de situaciones (simplemente, nos encontramos cara a cara con ellas), sí que podemos elegir en cada momento cómo vivirlas. Es decir, podemos elegir, cómo nos las tomamos. Podemos elegir la actitud, constructiva o destructiva, con la que las vivimos. Y eso, en primera/última instancia, es lo que marcará la diferencia entre que unas mujeres enfermen o sigan sanas, siendo que tal vez, unas y otras, vivan situaciones muy semejantes.

Etiquetas: Psicosomática

autor: Carlos L. V.    e. permanente |

15 marzo 2013

"Ojos que no ven, corazón que no siente".


Una de las consignas del capitalismo salvaje es: Mínima inversión, máximo beneficio. Un hecho que se puede constatar debido a la gran cantidad de empresas y multinacionales que, en connivencia con algunas autoridades gubernamentales, buscan obtener la mayor rentabilidad posible mediante la venta de sus productos o servicios... aunque eso pueda amenazar la integridad o la salud del consumidor. Al menos, en determinados casos.

A propósito de los productos cárnicos, podríamos decir que la gente está ya muy acostumbrada a ir al supermercado y comprar las ofertas más baratas. Un acto cotidiano en el que el consumidor, normalmente, no se para a pensar en cómo puede ser que un quilo de pollo o un litro de leche, de ciertas marcas puedan resultar tan baratos en comparación con los de otras.

No hay truco, pero sí una explicación: ganadería industrializada. ¿Y en qué consiste esto? Pues en fabricar pollos, por ejemplo, como si fueran teléfonos móviles, coches o bombillas, es decir, en una cadena de montaje. O dicho de otro modo: tratar a los animales como si fueran objetos sin capacidad para sentir (sensibilidad). Sin embargo, toda persona que haya tenido alguna relación de proximidad con animales sabe sobradamente que éstos comparten con nosotros, los seres humanos, la capacidad para experimentar placer y dolor, o la alegría y el sufrimiento. 

Si una persona viviera en un entorno salvaje y decidiera comer carne por pura necesidad, a poco que dicha persona tuviera un mínimo de sensibilidad, cazaría un animal procurando que, por compasión, sufriese lo menos posible. Simplemente, porque eso mismo es lo que ella desearía: morir sin sufrimiento llegado el momento.

Probablemente, en un futuro lejano, la Humanidad prescinda totalmente de la caza y de la crianza de animales para su consumo, pero hasta que ese día llegue, haríamos bien en comprar productos cárnicos que provengan de granjas y no de fábricas. Y no ya sólo por una cuestión de salubridad (es mucho más saludable un pollo de granja que uno de una fábrica) o de sostenibilidad (la ganadería industrial requiere de una enorme cantidad de recursos y es altamente contaminante) sino por una cuestión de ética y de respeto a todas esas criaturas sensibles.

Para que os hagáis una idea de todo esto que os comento, os invito a que veáis el siguiente vídeo... y que saquéis vuestras propias conclusiones. En mi humilde opinión, estas imágenes hablan por sí solas.

Añadir que aunque en determinados momentos se observan trabajadores asiáticos en el vídeo, los procedimientos de mecanización que se siguen en las industrias de crianza de animales son prácticamente iguales en todos los países desarrollados, y ni que decir tiene que son muy estresantes y traumáticos para los animales.

Para muestra, un botón.

La surconsommation from Lasurconsommation on Vimeo.

Etiquetas: Alimentación, Ecología y sostenibilidad, Salud

autor: Carlos L. V.    e. permanente |

09 marzo 2013

Renault "Twizy": un minicoche eléctrico fabricado en España.

Desde hace unos años, podemos comprobar que la mayoría de los coches que conducen los taxistas de Valencia son unos híbridos (gasolina+eléctricos) de la marca Toyota: los Prius, y no por casualidad. A fin de cuentas, gastan muy poco combustible (bastante menos que cualquier coche de gasolina o diésel), debido, fundamentalmente, a que la tracción combina un motor de gasolina con uno eléctrico alimentado por baterías. Y eso lo nota mucho el bolsillo... y la salud del planeta.

Actualmente, son ya varias las marcas (casi todas, en realidad) que ofrecen al consumidor automóviles híbridos. Un fenómeno que coincide con la irrupción de coches eléctricos en el mercado.

Hoy voy a hablaros del Renault Twizy por tres razones principales:
  1. Se trata de un coche completamente eléctrico.
  2. Está fabricado en España.
  3. Su versión básica (el Twizy 45), puede ser conducida sin carné.
El Twizy es un minicoche eléctrico biplaza (la plaza trasera también puede usarse a modo de maletero) eminentemente urbano. Perfectamente, podría sustituir a la moto, o al pequeño utilitario, para aquellos usuarios que se sirvan de ellos en sus desplazamientos urbanos (o interurbanos cortos).

Por ejemplo, alguien que viva en Algemesí (a 35 quilómetros de Valencia) y trabaje en Valencia podría salir con su Twizy completamente cargado del garaje (bastan 3 horas para tal efecto, y la carga completa cuesta 0,56€), llegar a la capital, desplazarse por la misma (un itinerario de unos 30 quilómetros) y regresar al punto de origen sin tener que recargar el vehículo en ningún momento, ya que éste cuenta con una autonomía de 100 quilómetros.

Como comentaba antes, existe una versión (Twizy 45) que alcanza un máximo de 45 Km/h. y que se conduce con una simple licencia de ciclomotores. Y aparte, la Twizy 80, que puede alcanzar 80 Km/h. y que se conduce con el permiso B, el de coche.

La versión básica arranca con un precio de casi 7000€, que se quedan en algo menos de 5000€ con las ayudas del gobierno.

Lo único que no me gusta de este coche es que las baterías son de alquiler, a razón de 50€/mes (IVA incluido), aunque estoy seguro que cualquiera de vosotros que use su coche para desplazarse a diario gastará bastante más de 50€ al mes en combustible. Aun así, sale a cuenta invertir en un Twizy. En fin, ya os podéis imaginar que las grandes multinacionales pretenden hacer negocio como sea (lo digo por lo del alquiler de la batería). De todos modos, esto es como los cartuchos de tinta de las impresoras: la impresora te cuesta cuatro chavos, pero luego se supone que tienes que comprar los cartuchos de la marca, que valen un pastón. Por ese motivo se inventaron los cartuchos compatibles, que son mucho más baratos y sirven igual, incluso puedes reciclarlos. Así que no dudo de que cuando el Renault Twizy se popularice alguna marca fabrique una batería compatible que pueda ser de tu propiedad; o sea, que no tengas que alquilarla mes a mes. 

Comoquiera que sea, y a pesar de que algunos lo siguen viendo todo muy negro, seguimos avanzando poco a poco hacia un mundo más sostenible. Y en este sentido, el parque mundial de coches eléctricos va a desempeñar un papel muy importante.

Etiquetas: Ecología y sostenibilidad, Productos recomendados

autor: Carlos L. V.    e. permanente |

26 febrero 2013

La influencia de la presentación en la comida


Tal vez algunas personas le quiten demasiada importancia a las apariencias. Y aunque es cierto que éstas, a veces, engañan, también es verdad que dicen mucho de nosotros, y de cuanto nos rodea.

Nos guste o no, hay un hecho innegable, y es que durante cientos de millones de años los individuos de las distintas especies animales se han elegido para aparearse basándose en las apariencias. Algo que incluye, asimismo, a los miembros de la especie humana. Y es que más allá de las razones estéticas, la apariencia de un ser vivo también aporta información clave, como su grado de salud o su fuerza. Factores que se tienen muy en cuenta antes de iniciar una aproximación para el apareamiento.

Igualmente, cuando las personas elegimos algo que va a formar parte de nuestra vida, en lo primero que nos fijamos es en su apariencia. Ya sea una bici, un coche, un abrigo, un sofá para el salón, un reloj, un teléfono móvil, unas cortinas para el dormitorio, una casa o una pareja, no nos da igual la apariencia que tenga. Podremos decir, si hablamos de personas, que la apariencia no lo es todo, que el interior cuenta mucho, sí, pero la apariencia de esa persona, consciente o inconscientemente, nos influye, y no nos deja indiferentes.

Imaginad por un momento que estáis buscando una canguro para que cuide de vuestro hijo pequeño. Una candidata se pone en contacto telefónico con vosotros, de tal modo que charlando con ella os parece muy adecuada y encantadora, ¿pero cerrarías un trato con ella y la citaríais para cuidar del crío sin haberla visto cara a cara primero? Seguro que no. Yo, al menos, no dejaría mi hijo en manos de una persona que no me causara, al verla, una buena impresión. Y la impresión que nos transmite alguien siempre es a través del cara a cara.

A la hora de comer, nuestro cerebro se rige por un patrón psicológico muy similar, y el apetito que podamos experimentar en un momento dado podrá incrementarse o desaparecer en función de la apariencia del plato que tengamos delante.

Por ejemplo, si hablamos de una sopa de avena, ¿os da igual una que otra?


Fijaos que no existe una diferencia abismal entre ambas, pero el plato de la derecha, simplemente, posee algunas verduras en juliana, un poco de cebolla roja y hojas frescas a modo de adorno. Y eso ya le confiere una apariencia mucho mejor que el de la izquierda. Una diferencia que nota el cerebro y que ya determina una respuesta inmediata en nuestras papilas gustativas.

Aquí, a la izquierda, tenemos una típica ensalada valenciana sin mucha gracia, y a la derecha, contrapuesta, una muy simple ensalada de hojas y flores que no tiene ninguna complicación y que sin embargo resulta tremendamente atractiva a la vista por su colorido:


Los adultos, producto de nuestra madurez y de nuestra experiencia, podemos afrontar ciertas situaciones de una forma más práctica que un niño, trascendiendo, incluso, las apariencias, pero para un crío éstas son muy importantes. Sobre todo, a la hora de comer.

A continuación, vamos a ver algunos ejemplos muy ingeniosos que resuelven de forma creativa el reto que puede suponer que un crío coma según qué cosas:




Además de que estos alimentos les van a entrar enseguida por los ojos, estoy seguro que más de un crío estaría por la labor de implicarse en su preparación, como si fuera un juego, con lo cual ya se les enseña de pequeños a asumir responsabilidades, a colaborar en las tareas domésticas y a elaborar una comida de forma creativa, algo que les encanta a los niños.

Comoquiera que sea, una armónica y hermosa presentación de las comidas, ya sea en niños o en adultos, va a influir muy positivamente en cómo se digieran y asimilen esos alimentos. Y habida cuenta de que los alimentos simbolizan las distintas situaciones que vamos viviendo en el día a día, es un modo de crear una poderosa metáfora en nuestras vidas: que lo que vivamos sea algo apetecible y hermoso.

Un tema, éste, en el que se puede hilar muy, muy fino:




Etiquetas: Alimentación

autor: Carlos L. V.    e. permanente |

MINIVACACIONES PARA APRENDER A ALIMENTARSE EQUILIBRADAMENTE (UNAS FALLAS DIFERENTES)



Fechas: del 16 al 19 de marzo.
Lugar: finca El Llebeig, Benissa (Alicante) (ver mapa)
Inversión: 145€ (incluye alojamiento, todas las comidas y dossier del taller).
Más información y reservas (plazas limitadas): 669 542 765 

Si tienes ganas de aprender a alimentarte de forma equilibrada y pasar unos días en un entorno fantástico, alejado de Las Fallas, esta es tu oportunidad.

Las clases serán de media jornada, con lo que dispondremos de otra media para disfrutar de este espacio con un amplio jardín, visitar alguno de los preciosos pueblos de la comarca (Marina Alta, Alicante) y dar un paseo por la playa.

También podrás degustar los platos que prepararemos para ejemplificar la materia que se imparta en el taller.

A lo largo de 4 días disfrutarás, y aprenderás:

• A conocer y a utilizar el alimento más importante de todos cuantos existen.
• La diferencia entre alimentos y comestibles, y por qué los primeros nos benefician y nos perjudican los segundos.
• La relación entre la masticación, la asimilación de los nutrientes y el aprendizaje.
• A combinar correctamente los alimentos para evitar la formación de toxinas en el organismo.
• A mantener un peso adecuado comiendo los alimentos que te gustan.
• Qué hábitos son saludables y cuáles no a la hora de alimentarse.
• A reconocer qué alimentos son los más adecuados para nosotros en función de la anatomía de nuestro cuerpo.
• Qué papel deben desempeñar las frutas y las verduras en la alimentación diaria.
• Por qué y de qué manera los alimentos integrales mantienen nuestra integridad física y mental.
• Por qué el concepto de calorías está anticuado y es poco útil. Y por qué es más adecuado el concepto de vitalidad.
• Cuáles son los efectos de los alimentos sobre el cuerpo, la mente y las emociones.
• Ejemplos de desayunos, comidas y cenas saludables.
• Cuáles son los utensilios, menaje y métodos específicos para cocinar con armonía.
• La importancia del agua como alimento y como depuradora del organismo. Métodos caseros para obtener un agua de calidad.
• La gran verdad que hay detrás del dicho: De lo que se come, se cría.
• Cómo conseguir que tu alimentación se convierta en tu medicina y te permita mejorar tu salud.
• Por qué a veces el alimento se utiliza como suplente de la realidad.
• Cuál es la simbología de la alimentación, de algunos alimentos y del acto de sentarse a la mesa.
• Cuál es el origen emocional de las enfermedades digestivas.
• Cómo adaptar la alimentación a tus circunstancias y necesidades personales.






Etiquetas: Eventos

autor: Carlos L. V.    e. permanente |

20 febrero 2013

El origen psicoemocional del dolor de cabeza

Los seres humanos poseemos una mente potente y desarrollada, y no por casualidad, pues a decir verdad, es el resultado de millones de años de evolución y de adaptación al medio. No en vano, nuestra extraordinaria mente nos ha permitido afrontar innumerables y complejos desafíos que requerían método y habilidades. La mente nos ha facultado para comprender, suponer, visualizar, deducir, analizar, proyectar, imaginar y soñar. Sin ella, no existiría la cultura, ni la civilización; ni ninguno de los logros o proezas que hemos alcanzado como especie.

Sin embargo, toda manifestación en la vida requiere de una dosis justa de equilibrio para que no nos perjudique ni nos haga perder la armonía, el bienestar o la salud. Y la mente no escapa a este principio.

Adecuadamente usada, se erige como una sofisticada y ventajosa herramienta de interacción con el mundo. Un instrumento que nos permite adaptarnos exitosamente a las circunstancias. Pero si la mente se utiliza en exceso, o de una forma inadecuada, puede llegar a convertirse en una auténtica enemiga.

Imaginad por un momento un golpe en vuestra cabeza. Un golpe lo suficientemente fuerte como para quebrarla. A eso lo podríamos denominar un quebradero de cabeza. Y esa es, precisamente, la raíz de los dolores de cabeza: los quebraderos de cabeza.

¿Pero qué es un quebradero de cabeza?

Un quebradero de cabeza es un pensamiento recurrente que, además, hace daño. Puede ir asociado al miedo (Con esto de los recortes, quizá me echen del trabajo.), a una duda (No tengo claro que mi pareja siga enamorada de mí, por lo que tal vez me deje.), a un problema aparentemente insoluble (No sé como voy a hacerlo para llegar a fin de mes), a una preocupación (Tengo que esforzarme para ser el mejor, si no no podré acceder a esa beca)...

Un pensamiento dañino pero fugaz, probablemente, no causará conflicto (ni, por tanto, síntoma), pero si es lo suficientemente intenso y reiterativo, terminará provocándolo. Y si el conflicto se intensifica y se alarga en el tiempo, surgirá el síntoma: el dolor de cabeza.

Fijémonos en que, a poco que un dolor de cabeza sea molesto, invita a quedarse quieto y no hacer nada, cerrar los ojos y no pensar. O sea: desconectar. Desconectar... la mente; por supuesto.

En el plano físico, unos vasos sanguíneos sucios (con exceso de colesterol o de toxinas grasas), o bien una alimentación que favorezca la hipertensión arterial, pueden provocar una dilatación de los mismos, que, a su vez, desemboque en una dolorosa sensación de sobrepresión en el encéfalo.

Por otro lado, cuando las personas afectadas por el dolor de cabeza relatan sus síntomas, éstos pueden adquirir matices distintos de unas a otras, y es en la interpretación simbólico-metafórica de esos matices donde podemos encontrar las claves individuales para llegar a comprender la raíz del problema.

Algunas dicen: Siento presión. Por lo que de ahí se puede deducir que existen situaciones en ese momento de su vida que ejercen sobre ella presión.

Otras: Es como si me clavaran algo. De lo que se deduce que existen situaciones, o personas, que resultan hirientes u ofensivas para esa persona (evoquemos la expresión Fue como si me clavaran un puñal).

Otras: Estoy mareada. Todo me da vueltas. Un síntoma que va asociado al hecho de darle demasiadas vueltas a un asunto desagradable.

Otras: Tengo la cabeza como un bombo. Debido a situaciones o pensamientos que percuten (y re-percuten) una y otra vez en el mismo sitio, lo que llega a doler.

Algunas: Siento un malestar. Es decir, situaciones que molestan o incomodan, que hacen estar mal (malestar).

Comoquiera que sean esos matices y esas peculiaridades, el dolor de cabeza surge, esencialmente, por pensar demasiado. Es decir, por tener y alimentar en la cabeza pensamientos que, de un modo u otro, generan malestar, que provocan daño y dolor, que nos hacen sufrir.

Para evitarlo y que no vuelva el dolor de cabeza, para hacer desaparecer esa tendencia de nuestras vidas, es necesario acabar con el dañino hábito de pensar en exceso, de darle demasiadas vueltas a las cosas, de comerse la cabeza.

En realidad, no se trata de luchar contra esos pensamientos desagradables (cosa que los haría aún más fuertes y tenaces) sino de alimentar los pensamientos agradables y constructivos. Y, por supuesto, de cultivar, potenciar y entrenarse en el saludable hábito de no pensar.

A fin de cuentas, los viejos hábitos se transforman y se superan con la práctica de otros nuevos. Nuevos y mejores hábitos que vengan a sustituir a ésos que ya no nos sirven.

Etiquetas: Psicosomática

autor: Carlos L. V.    e. permanente |

15 febrero 2013

Los 5 remordimientos más habituales antes de morir

En esta ocasión, voy a escribir a propósito de un estudio que yo no he llevado a cabo. Sin embargo, me ha parecido tan interesante y revelador que me he animado a compartirlo con vosotros/as aquí, en Saliment.

Una tal Bronnie Ware ejerce como enfermera de cuidados paliativos en un hospital de Australia. Tiene largos años de experiencia en atender a pacientes que se encuentran en el trance de dejar esta vida, por eso decidió escribir un libro sobre esas confesiones que le hacían sus pacientes justo antes de fallecer.

A continuación, voy a compartir con vosotros/as mis observaciones personales en relación con esos 5 remordimientos.

1) Ojalá hubiese tenido el coraje de vivir la vida que yo quería y no la que los demás esperaban de mí.

Efectivamente, es una de las grandes fuentes de infelicidad en el ser humano: el no ser uno mismo y el no hacer lo que uno verdaderamente desea hacer. Y, por descontado, es el miedo el que lo impide. El miedo al qué dirán, a quedar mal, a dejarse a personas en el camino, el miedo a perder lo que uno tiene. A este respecto, yo tengo una consigna: prefiero hacer algo y pedir perdón si meto la pata que no hacerlo y quedarme con las ganas. Porque la frustración que produce el ...y si yo hubiera... es como un veneno en la sangre, y algo que acostumbra a producir sentimientos de culpa muy tenaces.

2) Ojalá no hubiese trabajado tanto.

Incluso en estos tiempos que vivimos, donde muchas personas no tienen trabajo, irse al polo opuesto, también es algo que puede frustrar y enfermar. Es cierto que algunas de las personas que trabajan mucho lo hacen para sobrevivir. Pero también muchas de las que lo hacen en exceso es para alcanzar o mantener un estatus de vida. Y si para mantener ese estatus tienes que renunciar a tu tiempo, al tiempo para dedicarte ti mismo, para estar y compartir con los seres que amas, para poder hacer esas cosas que te llenan... difícilmente serás feliz, y difícilmente te sentirás pleno.

3) Ojalá hubiese tenido el coraje de expresar mis sentimientos.

A veces, para expresarnos, podemos recurrir a un lenguaje no verbal, de gestos o acciones, que puede ser muy elocuente y llegar a los demás. Pero en mi opinión, eso no quita para que también podamos apelar a las palabras para comunicarnos con los demás y hacerles saber lo que pensamos, lo que sentimos o lo que nos inspiran. Me alegro mucho de verte, Me gusta estar contigo, Te aprecio de corazón, Me encanta cuando me haces reír o Ese gesto me ha llegado al alma. Cuesta tan poco... Una palabra o una frase de afecto, o de amor, puede reforzar y afianzar los lazos ya existentes entre dos o más personas.

Más que una opción, yo diría que es algo necesario para mantener una relación (sobre todo, de pareja) y para hacerla crecer. Y siendo que esto de expresar nuestros sentimientos, a la postre, es un hábito, el desarrollarlo y potenciarlo depende de que se ejercite con frecuencia, empezando por las personas que tenemos más cerca.

4) Ojalá hubiese mantenido el contacto con mis amigos.

Si una amistad es sólida y auténtica, no se malogrará debido a los avatares de la distancia ni el tiempo. Pero eso es tan cierto como que el roce hace el cariño.

5) Ojalá me hubiese permitido ser más feliz.

Nos han hecho creer que la felicidad es como una lotería: que te puede tocar, o no. Como que es algo que depende más de la suerte que de una actitud individual. Y no es así. A poco que uno se fije, o que lo observe en los demás, comprobará que la felicidad depende, en gran medida, de la actitud vital que pongamos en marcha en cada momento. Es decir, no ya tanto de lo que vivimos sino de cómo lo vivimos. Y el cómo decidimos vivir las situaciones, en cada momento de nuestra vida, es una opción que escogemos. Por lo tanto, forma parte de nuestra responsabilidad.

Etiquetas: Crecimiento personal

autor: Carlos L. V.    e. permanente |

12 febrero 2013

"GreenPan", sartenes ecológicas sin el peligroso teflón.

Muchas veces a lo largo de la historia, se ha antepuesto la rentabilidad de un avance tecnológico, de una sustancia o de un producto a la salud de las personas. Con la excusa de que no estaba científicamente demostrado que fuera perjudicial, muchos agentes tóxcios (como el DDT, los ftalatos de los plásticos, el aluminio de las cacerolas o el mercurio de las amalgamas dentales) han cobrado un nefasto protagonismo, hasta que los perjuicios ocasionados a una masa crítica de personas han terminado sacándolos del mercado.

Lo que las autoridades sanitarias no pueden pretender es que muchas personas enfermen o mueran, para que entonces quede sobradamente demostrada la toxicidad de una sustancia. Y la mejor manera de evitar que estos desagradables episodios se repitan es recurrir a materiales y sustancias naturales, que sean biocompatibles. Es decir, que no dañen nuestro organismo.

Después de algunas décadas disfrutando de las ventajas del teflón (técnicamente conocido como PTFE) en nuestras sartenes, varios estudios científicos lo señalan como potencialmente capaz de provocar ciertas afecciones, incluso cáncer. Máxime, si la sartén no es de calidad, si se utiliza a altas temperaturas o si se friega con elementos abrasivos.

Por consiguiente, a la larga lista de elementos y sustancias dañinos, de uso cotidiano, ahora hay que añadir las sartenes que contienen teflón.

Afortunadamente, ya existen en el mercado una nueva generación de sartenes que sustituyen el teflón por un nuevo material basado en cerámicas no tóxicas denominado Thermolon®.

La marca GreenPan ha sido pionera en la utilización de este nuevo material, eliminando también del proceso de fabricación otra sustancia altamente tóxica, como es el ácido perfluoroctánico (PFOA). Y por si esto fuera poco, la nueva tecnología supone un 50% menos de emisiones de CO2 a la atmósfera, con lo cual no sólo sale ganando el consumidor sino también el planeta.

Personalmente, recomiendo esta marca por su relación calidad/precio; y por tratarse de una de las sartenes ecológicas más fáciles de encontrar en el mercado.

Etiquetas: Ecología y sostenibilidad, Productos recomendados, Salud

autor: Carlos L. V.    e. permanente |

07 febrero 2013

www.hogarsintoxicos.org


Comparto con vosotros esta interesantísima web que una lectora de Saliment me ha dado a conocer ayer mismo.

Tal vez no sea la primera página que habla de las sustancias tóxicas que puede haber en el hogar y de sus implicaciones en la salud, pero sí que es una excelente página a la hora de mostrar esa información de una manera muy clara y gráfica.

Confío en que os resulte útil.

No se trata de generar psicosis, sino de estar bien informado para poder tomar las decisiones más adecuadas y saludables.

www.hogarsintoxicos.org

Etiquetas: Páginas web

autor: Carlos L. V.    e. permanente |

05 febrero 2013

Contacto físico

A lo largo y ancho de mi vida he experimentado muchas sensaciones agradables en distintos momentos: el placer de ponerme al Sol en un frío día de invierno, el disfrute al degustar un plato exquisito, bañarme en una playa de aguas cristalinas, deleitarme paseando por el campo, ver una película emocionante en el cine, compartir unas risas con los amigos... Sensaciones y momentos que, quien más y quien menos, ha experimentado igualmente. Aunque de entre todas esas situaciones agradables que he vivido ninguna supera al contacto físico con los demás. Máxime, si ese contacto tiene lugar con una persona amada o deseada.

De todos modos, no hace falta estar enamorado para que algo en nosotros vibre, incluso intensamente, cuando una determinada persona nos toca. Puede ser alguien que nos acaban de presentar y que espontáneamente nos da un apretón con sus dos manos, o un amigo al que no vemos desde hace tiempo y que nos abraza efusivamente, o incluso alguien con quien acabamos de vivir un momento de tensión y que decide ponernos una mano en nuestro hombro y sonreírnos en un gesto amable de cordialidad. Simplemente con eso, ya podemos notar cómo una sensación de totalidad (que abarca todo nuestro cuerpo) nos invade.

Y si un desconocido es capaz de estremecernos con un sencillo pero emotivo gesto de afecto hacia nosotros, ¿qué es capaz de provocar una dulce caricia, un tierno abrazo o un masaje sin prisa? Y si la persona con la que compartimos ese momento es amada o deseada, ¿adónde pueden transportarnos esas sensaciones? ¿Al éxtasis? ¿Al infinito? Algunas personas así lo aseguran. Y yo lo comparto.

Lo que muchos pueblos ancestrales y tribus salvajes llevan poniendo en práctica desde hace milenios, ahora empieza a re-conocerlo, y a re-vivirlo, un número creciente de seres humanos, incluso la ciencia moderna: que el contacto físico con los demás es, literalmente, un alimento que nos nutre; y que de esa mutua interacción se genera salud, armonía, alegría, plenitud y equilibrio. Eso sin contar los beneficios que reporta al sistema hormonal o al inmunitario, o la seguridad y la confianza que podemos transmitir a un bebé, a un niño, o incluso a un adulto que se sienta abatido o desmoralizado.

A veces ocurre, sin embargo, que evitamos eso que tanto deseamos: tocar, besar, abrazar, acariciar a los demás. Entra en escena la mente y a continuación surge el miedo. El miedo al qué dirán, el miedo a qué pensará el otro. ¿Y si se confunde? ¿Y si cree que quiero algo más? ¿Y si sobrepaso cierto límite y el otro se molesta? No es algo que esté sucediendo, pero nos adelantamos a los acontecimientos y terminamos inhibiéndonos. Y al final eso que tanto deseamos experimentar y compartir se convierte en un anhelo. Algo que anida en nuestra alma y que adquiere un sabor amargo conforme transcurre el tiempo. Es el sabor amargo de esas dulces tentaciones que, en su momento, no tuvimos el valor de condescender. A este respecto, creo que si algo desagradable ocurre entre dos personas, si alguien se molesta o se siente incómodo por ese contacto físico, siempre estaremos a tiempo de echar marcha atrás y pedir disculpas. Pero el reprimir algo que deseamos, y que a priori pensamos que es factible, no hace sino envenenar nuestra alma y enfermarnos.

Regalar un abrazo a un familiar, dar un masaje a una amiga, besar dulcemente a tu hijo, tener relaciones sexuales con quien amas, caminar cogido de la mano de tu pareja... ¿A quién no le gusta? Entonces, ¿por qué no fomentarlo?

Actualmente, atravesamos por un momento clave de la historia. Un momento en el que existen especiales dificultades y desafíos, pero también lleno de grandes oportunidades. Un momento en el que aflora lo mejor y lo peor de nosotros y en el que podemos transformar este mundo con algo que todavía nadie nos ha robado, con algo que sigue siendo gratis, con algo que nos confiere un enorme poder a los seres humanos: nuestra capacidad de expresar amor hacia los demás a través del cuerpo, a través del con-tacto, de los besos, de los abrazos, de las caricias... Un lenguaje ancestral, el de la corporeidad, que todos entienden, que se erige como un elocuente código emocional con el que somos capaces de comunicar, de transmitir, de provocar empatía, afecto, cariño, reconocimiento, confianza, armonía, cordialidad, salud y placer en nuestros semejantes.

Es un tremendo potencial de riqueza y de abundancia que atesoramos y que nos iguala a todos. Que nos faculta y nos da la oportunidad de hacer de este planeta y de esta comunidad de seres un lugar mejor donde vivir.

Etiquetas: Crecimiento personal, Maravillas, Salud

autor: Carlos L. V.    e. permanente |

30 enero 2013

MI PRÓXIMA CONFERENCIA: "La interpretación simbólico-metafórica de las enfermedades".



ENTRADA LIBRE

Fecha: sábado, 23 de febrero.
Hora: 18 h.

Lugar: SOVENAVA (calle Guillem de Castro, 53; primer piso, puerta 2 - ver mapa-).

Mediante esta conferencia pretendo compartir una experiencia personal y profesional de más de 20 años. Un tiempo en el que he tenido ocasión de observar y analizar cientos de casos (allegados, amigos, alumnos, etc.), algunos de los cuales podrían resultaros muy familiares.

A lo largo de la conferencia también podréis comentar vuestro propio caso, si os apetece, o preguntar sobre la interpretación del síntoma que queráis conocer.

Hablaremos, entre otras cuestiones, de:
  • Cómo nuestro cuerpo se expresa mediante un código que se puede aprender y comprender: el síntoma.
  • A través de mi método podréis comprobar cómo cada síntoma encaja, sorprendentemente, con una expresión del lenguaje coloquial ("ironías de la vida"). La cual, sirve para descodificarlo.
  • La enfermedad como expresión corpórea de un conflicto no resuelto.
  • La curación requiere un cambio de actitud.

  • La relación entre la pérdida de memoria y el perdón.
  • La fiebre y la ira reprimida.
  • La obesidad y el miedo.
  • La causa profunda de los dolores y de las heridas.
  • Los traumatismos.
  • Un resfriado común a la luz de los símbolos.
  • Los órganos pares y los conflictos de pareja.
  • La caída del cabello y la metáfora de Sansón.
  • El espíritu de lucha y el sistema inmunitario.
  • Las enfermedades y achaques de la mujer.
  • La simbología de el SIDA, el cáncer, el Alzheimer y las enfermedades cardíacas.

Ruegos y preguntas.

Etiquetas: Eventos

autor: Carlos L. V.    e. permanente |

28 enero 2013

Natalia se levantaba cansada y de mal humor

Hace un par de años vino a mi consulta una mujer de treinta y dos un tanto desesperada, pues llevaba bastante tiempo con problemas digestivos, muchos gases, durmiendo mal y despertándose cansada y de mal humor. Algo que estaba empezando a hacer mella en su ánimo, en su relación de pareja y en su rendimiento laboral.

La referida (a la que aludiré con el pseudónimo de Natalia), hacía todo lo posible por cuidarse: yoga, meditación, alimentación ecológica... Incluso había recurrido, sin mucho éxito, a las plantas medicinales para subsanar sus dificultades con el sueño. Y ya no sabía qué hacer.

Aunque sus circunstancias aparentaban ser complejas y su situación comenzaba a resultarle desesperante, lo cierto es que cuando me contó cuáles eran sus hábitos no tardé en comprenderlo todo, disipándose el misterio con gran rapidez.

Por de pronto, Natalia ejercía un trabajo muy estresante, debido, fundamentalmente, a la relación que mantenía con sus compañeros (digamos, por resumir, que de excesiva implicación). Como consecuencia de ese estrés, llegaba a última hora de la tarde a casa (sobre las 19:30 horas) y merendaba un gran batido de fruta con leche de avellana. Luego, cenaba antes de las ocho y media. Una cena, para más señas, bastante copiosa. Y como la ansiedad persistía, solía tomar algo de dulce o de chocolate justo después de la misma.

Entonces, invadida por un sopor casi irresistible, lo habitual era que se metiera en la cama al poco de cenar; y, cuando no, antes de una hora. Sin embargo, y a pesar del agotamiento (físico y emocional), lo cotidiano era que le costara conciliar el sueño, que tuviera pesadillas o que se despertara varias veces a lo largo de la noche.

A la mañana siguiente, se levantaba como resacosa, cansada y de mal humor. Y podía suceder, fácilmente, que discutiera con su pareja por trivialidades.

A mi entender, era evidente que Natalia, después de un largo y desagradable día de trabajo, llegaba a casa con una gran ansiedad, a lo que, inconscientemente, buscaba en la comida algo que le llenara (su sensación de vacío interior), que le proporcionara placer y que contrarrestara su amargura (de ahí la necesidad compulsiva de dulce). Aunque todo ello pagando un precio. Veamos cuáles fueron sus errores:
  • La fruta es muy saludable y muy depurativa, sí, pero tomarla junto con una leche de avellana en forma de batido la convierte en algo nada saludable ni depurativo sino en una fuente de fermentaciones y de toxinas. Además, la fruta es un alimento bastante estimulante, por lo que si se toma a última hora del día no se puede esperar de ella que ayude a conciliar el sueño. Por otro lado, un gran batido de fruta con leche de avellana no es algo que se digiera en media hora, por lo que si no ha terminado de digerirse y uno empieza a cenar lo que se asegura es una mala digestión que, a buen seguro, producirá fermentaciones, gases y toxinas.
  • Luego, añadimos una cena abundante para complicarlo todo aún más.
  • Y a eso le sumamos algo de dulce para rematarlo, siendo que el dulce no combina bien con lo salado. Y que tanto los dulces como el chocolate (sobre todo, este último) son, por si fuera poco, alimentos particularmente excitantes.
Con estas premisas, lo raro sería hacer una digestión adecuadamente, y, menos aún, poder dormir plácidamente. Si el cuerpo tiene que hacer una digestión por la noche, y más si se trata de una cena pesada, el aparato digestivo tendrá que trabajar duro para digerir, y el hígado para neutralizar las toxinas; y todo esos procesos gastan mucha energía. Por eso, si no disfrutamos de un descanso necesario ni de un sueño reparador, ¿cómo podemos esperar levantarnos con energía y de buen humor a la mañana siguiente?

Pues bien, todo este caos se resolvió por completo en menos de dos semanas, y en tanto en cuanto Natalia comenzó a seguir mis recomendaciones. Las cuales consistieron en:
  • Aprender a no implicarse excesivamente con determinadas situaciones injustas que estaban experimentando algunos de sus compañeros de trabajo (abandonar el papel de salvadora de todos). Aprender a ser asertiva y a dosificarse. Aprender a potenciar la autoestima (muchas veces las personas se implican demasiado en la vida de los demás porque, inconscientemente, buscan un reconocimiento, afecto o una gratificación emocional).
  • Le sugerí que si llegaba a casa con mucha hambre tomara una manzana, una tostada con mermelada natural o un vaso de leche de avellana. A elegir.
  • La cena debía ser ligera. Imprescindible.
  • Si notaba algo de ansiedad tras la cena, podía tomar una infusión de melisa o una tila endulzada con virutas de regaliz.
  • Era esencial dejar pasar una hora y media, como mínimo, entre el final de la cena y el momento de acostarse.
Como he indicado anteriormente, bastaron menos de dos semanas para que la situación de Natalia cambiara radicalmente, y a mejor:
  • Se redujo notablemente su estrés en el trabajo, con lo que progresivamente fue disminuyendo su ansiedad. Especialmente, la que experimentaba al llegar a casa.
  • Desaparecieron sus problemas digestivos y los gases.
  • Al reducirse mucho la cantidad de toxinas en las digestiones, el hígado también se alivió, lo que repercutió favorablemente en su humor (existe una relación muy estrecha entre lo sobrecargado que está el hígado de toxinas y el mal humor).
  • Poco a poco fue durmiendo mejor, más horas seguidas y fueron desapareciendo las pesadillas.
  • Al cabo de una semana, se levantaba de la cama con bastante más energía.
  • También se redujeron en gran medida las discusiones matinales con su pareja.
Lo cierto es que a menudo me encuentro con casos de gente que lo pasa fatal, personas que experimentan determinados problemas que les angustian sobremanera y cuya solución sólo requiere cambiar unos pocos hábitos de vida y actitudes.

Y cuando esto se lleva a cabo, los resultados sorprenden; y no tardan en llegar.

Etiquetas: Alimentación, Salud

autor: Carlos L. V.    e. permanente |


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Todos los artí­culos (excepto aquéllos en los que se da a entender lo contrario) han sido escritos

por Carlos Lacomba Verdés, y están basados en su experiencia personal y profesional.

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