
Sirvan a modo de ejemplo, para ilustrar esto que comento, algunos de esos hábitos mejorados:
1) Masticar muy bien los alimentos. Porque si la comida llega a trozos al estómago, fermentará (y muy probablemente, dará gases). Y si hay fermentación, hay toxinas. Y si se acumulan más toxinas de las que se pueden eliminar, el organismo las convertirá en grasas.
2) Evitar tomar fruta como postre. Puesto que la fruta, si se come adecuadamente, no requiere de digestión. Pero si se come tras una comida, quedará retenida en el estómago hasta que aquélla sea digerida, por lo que fermentará y producirá toxinas. Es mejor comerla entre horas y con el estómago vacío.
3) No tumbarse horizontalmente tras las comidas. Cuando nos tumbamos completamente horizontales, el cuerpo cree que vamos a dormir, por lo que se ralentizan todas las funciones fisiológicas, incluida la digestión. Y si la digestión va más lenta de lo que le corresponde, los alimentos fermentarán. Por eso, es mejor hacer un poco de siesta (no más de 20-25 minutos) recostado (a unos 45º).
4) Reducir el exceso de aceite. Ya que éste recubre con una capa los alimentos, por lo que el jugo gástrico tendrá dificultades para digerirlos. La digestión, pues, se volverá lenta y pesada, y los alimentos tenderán a fermentar.
5) Eliminar el vinagre de las comidas. Ya que sus potentes ácidos interfieren con los jugos que genera el aparato digestivo, malogrando la digestión (y, consecuentemente, produciendo toxinas).
6) No tomar alimentos muy calientes o muy fríos. Porque el cuerpo necesitará tiempo para atemperarlos una vez entren en él. Y si el proceso se alarga demasiado, pueden llegar a fermentar.
7) Elaborar ensaladas con pocos ingredientes. Y si acompañan a un plato principal, que mejor que no contengan alimentos concentrados (pollo, atún, queso, huevo, frutos secos, etc.) ni fruta (manzana, piña, rodajas de kiwi o naranja, etc.).
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