Si la carne diera fuerza, la comerían los atletas justo antes de competir en unas olimpiadas, o un ciclista que fuera a realizar el Tour de Francia (entre 150 y 200 Km cada etapa), o bien un corredor de maratón, dispuesto a recorrer 42 kilómetros sin parar. Pero no es así. Ninguno de ellos come un bistec, un plato de chuletas o una docena de huevos antes de esos grandes esfuerzos. Insisto: ninguno de ellos. Pueden comer carne en momentos alejados del entrenamiento, para crear músculo, pero nunca justo antes de un entrenamiento o de una competición. La práctica totalidad de los deportistas de élite del mundo consumen hidratos de carbono justo antes de las competiciones. Esa es la pura realidad.
¿Y por qué hacen esto?
Porque la carne, precisamente, lejos de aportarla, es uno de los alimentos que más energía consume del organismo para poder ser digerido. Y es que convertir macroproteínas en aminoácidos que pueda aprovechar el cuerpo (proteólisis) requiere mucha cantidad de recursos (como el ácido clorhídrico) y un gran gasto metabólico. Por eso, normalmente, cuando alguien come una cantidad considerable de carne a continuación le entra somnolencia. Porque su digestión requiere tanta energía que una parte de la que se necesita se roba al cerebro. De hecho, cualquier animal genuinamente carnívoro, como el león, o el perro, se echan unas largas siestas después de comer una buena cantidad de carne. No falla. Es matemático. Siestas que en el caso del león pueden durar hasta varios días consecutivos. Es decir, justamente el tiempo que dura la digestión. Ni más ni menos.
Por eso, tampoco sería acertado decir algo como la carne me sacia mucho. No, no es que la carne te sacie durante horas. Es que tu cuerpo necesita horas para poder digerirla, que es muy distinto. Sobre todo, si la mezclas arbitraria y erróneamente con otras proteínas animales, tal como mucha gente suele hacer hoy en día.
Y algo parecido sucede con el café.
El café es una droga (no un alimento) que actúa estimulando directamente el sistema nervioso central. Pero no contiene nutrientes que proporcionen energía (absolutamente ninguno), como sí los contiene una manzana, unos dátiles o la miel. Cuando alguien toma café, esta sustancia provoca que el cuerpo recurra a sus propias reservas energéticas y las utilice mientras duran sus efectos. Por eso, podríamos decir, con todas las de la ley, que el café engaña al cuerpo, dando una falsa sensación de energía y vitalidad. Y por eso, cuando una persona lleva años o décadas tomando café su cara termina adquiriendo una apariencia muy característica, como de cansancio, con bolsas bajo los ojos y un más o menos pronunciado descolgamiento de los tejidos que conforman las mejillas y la papada.
Lo he visto cientos de veces.
Comentarios
Publicar un comentario