Si una persona que fuera alcohólica dejara de beber alcohol y lo sustituyera por Fanta, sin lugar a dudas, experimentaría una mejoría notable en su salud. De lo que no debería deducirse que la Fanta sea saludable. Simplemente, es mejor que un whisky o un gin-tonic.
Una persona que desayune a diario un café cortado y una caracola de chocolate y decida cambiarlos por cereales para niños con leche de soja, seguramente experimentaría una mejora considerable en su salud. Al menos, durante un tiempo. De lo que no debería deducirse que los cereales para niños ni la leche de soja sean saludables. Simplemente, son mejores que tomar todos los días un café cortado con una caracola de chocolate.
Si una persona que se alimenta fatal decide un buen día hacerse vegana o macrobiótica, con toda seguridad, experimentará una mejoría sustancial en su salud. Lo que no necesariamente significaría que a largo plazo el veganismo o la macrobiótica sean estilos de vida completamente saludables, equilibrados o sostenibles. Simplemente, son mucho mejores que alimentarse fatal.
Por la misma regla de tres, una persona con cierto sobrepeso y que comiera a diario comestibles refinados, ultraprocesados, bollería industrial, aceite de girasol, alcohol y café y decidiera cambiarse a una dieta cetogénica o predominantemente carnívora, muy probablemente experimentaría una mejora sustancial de su salud, y, además, perdería peso. De lo cual no debería deducirse que las dietas cetogénicas o predominantemente carnívoras sean genuinamente saludables, ni curativas ni sostenibles a lo largo de los años. Simplemente, son mucho mejores que comer diariamente procesados, azúcares refinados y otras porquerías.
Cualquier cambio a mejor en nuestra vida supondrá una mejoría de la misma. De lo que no debería deducirse que, necesariamente, dicho cambio tenga por qué ser saludable, beneficioso o positivo a largo plazo. Simplemente, puede significar que es mejor que lo que hacíamos antes y que, de momento, funciona.
Nada más.
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