Todos nos acordamos del abuelito de Heidi: un hombre noble, fuerte, trabajador, honrado y con un gran corazón. Sin embargo, en la aldea que quedaba más cerca de su casa, la cual visitaba de tarde en tarde para vender sus quesos, casi nadie le tragaba. Es más, muchos hasta le detestaban. Incluso algunos le temían por su carácter seco, su mal genio y sus arranques explosivos.
En realidad, el abuelito de Heidi no era una contradicción andante. Era la personificación de la ambivalencia humana, es decir, la coexistencia en un mismo individuo de la luz y de la sombra, del amor y de lo que no es amor.
Es cierto que el abuelito de Heidi vivía como un ermitaño en su cabaña de las montañas sin hacer daño a nadie, pero con el paso de los años la amargura fue apoderándose de su corazón hasta hacer mella en él. Y ese dolor silencioso, dilatado con los avatares y con las vicisitudes del tiempo, fue el que le llevó a desarrollar ese carácter frío, seco y distante con los lugareños, quienes, comprensiblemente, terminaron repudiándolo sin piedad. A fin de cuentas, él se lo había ganado a pulso. Un hecho que, para su desgracia, se sumaba a su amargura preexistente.
Sin embargo, un buen día, sin previo aviso, llegó Heidi, su nieta: la encarnación terrenal del amor más divino, la belleza inconmensurable de un alma pura y genuina corporeizada en una niña pequeña, sonriente y alegre como un cascabel. Un evento que transformaría su vida para siempre.
Poco a poco, con el transcurso del tiempo, la convivencia con esa pequeña criatura tan preciosa consiguió ir ablandando su corazón. El roce hizo el cariño, y fue descorriendo progresivamente los velos pegajosos y sombríos de su espíritu hasta permitir que esos sentimientos elevados fluyeran hacia fuera indiscriminadamente, como los arroyos de sus montañas patrias, que descendían caudalosos con el deshielo primaveral.
Sí, un ser humano puede ser tremendamente bondadoso, y, al mismo tiempo, albergar dentro de sí una profunda y arraigada oscuridad. Un oscuridad que, con las condiciones adecuadas, puede terminar transformándose en una luz poderosamente cálida y cegadora.
Tanto, o más, que la del propio Sol.
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