Consciencia e inconsciencia

El otro día, al echar unas verduras en la sartén, no me di cuenta de que estaban demasiado húmedas, por lo que se produjo una reacción violenta con el aceite, que estaba muy caliente, y éste terminó salpicándome en la mano izquierda, produciéndome varias quemaduras.

Esto podría ser un perfecto ejemplo de inconsciencia, es decir, no ser perfectamente consciente de lo que está sucediendo en un momento dado (de cuál es el escenario y cómo actuar armónicamente con él). Resultado: un pequeño accidente sin consecuencias graves, al menos en esta ocasión.

Cuando decimos que alguien que va por una autovía a 200 quilómetros por hora con una moto es un inconsciente, o cuando decimos que lo es alguien que fuma 2 paquetes de cigarrillos al día, lo que estamos queriendo decir es, precisamente, que esa persona no está actuando de forma consciente. Lo que implica que es la mente inconsciente la que gobierna sus actos. O es una o es la otra.

Conscientemente, nadie quiere quemarse con aceite hirviendo, pero la mente inconsciente se aprovecha de esa falta de consciencia para manifestar un conflicto en forma de accidente que, en mayor o menor medida, provoca dolor y sufrimiento. Es decir, el inconsciente envía un mensaje codificado a la mente consciente; por ejemplo: “Carlos, ¿qué situación te tiene frito?”. Entonces, si la persona afectada es capaz de descodificar el mensaje, lo que estará haciendo es trasladar lo inconsciente al consciente, que es el primer paso para resolver el conflicto de fondo.

He podido comprobarlo cientos de veces en mí mismo y en otras personas: cuanto más inconsciente es alguien, más sufre y más experimenta el dolor en su vida. Porque son las sombras de su mente inconsciente las que la gobiernan. Y, por contra, cuanto más consciente es un ser humano, tanto más vive alejado del dolor y del sufrimiento. Porque es la mente consciente, con su luz (lo contrario a la sombra, a la oscuridad), la que marca el rumbo de su vida.

Y su destino.

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