Cualquier ser humano que decida vivir siendo coherente con los valores humanos, inevitablemente, tarde o temprano, tendrá que afrontar situaciones (incluso muy desafiantes) que pondrán a prueba su capacidad para mantenerse firme ante sus propios principios cuando todos los demás están en su contra.
A veces, efectivamente, será su opinión en oposición a la de su familia. Otras, la suya chocando frontalmente con la de su equipo de trabajo. Quizá, la suya en disonancia con la de una pandilla de amigos de la infancia. O puede que su opinión sea divergente con respecto a la de un grupo con el que tiene una gran afinidad y al que le une un profundo vínculo afectivo. Por otro lado, en algunas ocasiones puede que se enfrente a dos o tres personas, mientras que en otras, a miles, o millones (si hablamos, por ejemplo, de alguien con un cargo de alta responsabilidad o con un gran eco social).
Sea como fuere, si uno siente que está haciendo lo correcto, lo que es justo, lo que es saludable o lo que es éticamente conveniente, pero los demás lo ven de otro modo (o de un modo radicalmente distinto), entonces llegará el momento de la confrontación. Y de afrontar dudas, miedos e inseguridades.
A lo largo de la historia de la Humanidad, ha habido seres humanos que han decidido arriesgarlo todo, incluso su prestigio, su posición, su dinero o su propia vida para defender o alinearse con lo que ellos consideraban como justo o necesario.
- Nos conocemos desde la infancia, pero aunque dejéis de hablarme, no pasaré por el aro.
- Si para conservar mi trabajo he de hacer lo que me pides, ya puedes despedirme.
- Aunque me denuncies ante el comisario, no obedeceré esa orden injusta.
- No pienso someterme a ese tratamiento tan agresivo. Buscaré una alternativa más amable con mi cuerpo.
- A pesar de que mi editor y el equipo de diseño y de márquetin digan lo contrario, quiero mantener la imagen de portada de mi libro. Es la que mejor refleja mi sentir.
- No aplicaré esos protocolos porque desconfío de ellos y no quiero hacer daño a nadie.
- Si me repudiáis porque sugiero que deberíamos quejarnos menos y pasar a la acción, perfecto. Ya sé que mi lugar no es este.
- Aunque llevemos treinta años juntos, ha llegado el momento de dejarlo, preciosa. Sin respeto mutuo, no se puede construir ni sostener una relación.
- Eres mi madre, te honro, te bendigo y te amo; pero ya soy mayor y yo decidiré cómo invertir mi dinero. A fin de cuentas, soy dueño de mi vida y de mis decisiones.
Son frases que pueden abrirnos las puertas a un mejor trabajo, que pueden salvaguardar nuestra dignidad, que pueden hacer justicia donde no la había o bien acercarnos a la prosperidad o a la libertad, que pueden llevarnos a superar miedos muy antiguos, o, incluso, algunas de ellas, pueden salvar vidas.
Seguro que os resuenan.
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