Mucha gente comprende fácilmente que cuando un ser humano (hombre o mujer) llega a la edad adulta y le falta confianza en sí mismo, valor, fuerza, disciplina, éxito, prosperidad, perseverancia o determinación es porque alberga un conflicto con la Polaridad Masculina (vinculada a la figura del padre). A partir de aquí, ese ser humano podría realizar alguna clase de trabajo o terapia para sanar dicho conflicto. Pero, suponiendo que ese trabajo se haya realizado de la mejor forma posible, ¿implicaría necesariamente que sus mencionadas carencias ya estarían completamente superadas?
La respuesta es: por supuesto que no; haría falta algo más.
Imaginemos que ese ser humano sea una mujer de 30 años. Ella nació en el seno de un matrimonio en el que su padre era una persona fría, distante e inmadura. Su padre nunca fue cariñoso con ella cuando era pequeña. No le daba besos, ni abrazos, ni caricias. No la sostenía cuando ella tenía miedo o se sentía insegura. Nunca la protegió. Nunca fue un ejemplo digno para ella. Nunca fue un referente de empuje, solvencia ni de madurez. Nunca le dijo algo como Eres mi princesa, Te amo con todo mi corazón, Estoy a tu lado, preciosa; Puedes apoyarte en mí, si lo necesitas; Todo va a ir bien, Estoy seguro de que puedes hacerlo, o Vales mucho y me importas.
Como consecuencia, estas carencias psicoafectivas de nuestra protagonista tuvieron un impacto muy negativo en su desarrollo, causándole dolor y sufrimiento en distintas situaciones de su vida, y tanto a nivel personal como laboral. Sin embargo, a la edad de 30 años ella decide hacer un trabajo para sanar ese conflicto con lo masculino, de tal manera que después de realizarlo nota un cambio muy acentuado, y a mejor, en sus sentimientos, tanto en los relacionados con su padre como respecto a sí misma.
No obstante, para que nuestra protagonista pueda nutrir su Polaridad Masculina, en ausencia de un padre que nunca la nutrió, debe ser ella la que conscientemente asuma el propio rol paterno sobre sí misma. Es decir, ella debe convertirse en su propio padre y aprender a nutrir a su niña interior. Un proceso que, lógicamente, no puede consumarse de un día para otro, pero que tampoco requerirá de largos años para llevarse a término. Un proceso imprescindible para completar el círculo.
Y todo esto que os cuento es lo que explica que mucha gente que ha realizado trabajos o terapias de sanación siga sin resolver sus carencias de la infancia.
Porque, como digo, no es lo mismo sanar que nutrir.
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