Forzar o no forzar

Forzar significa, literalmente, hacer fuerza para conseguir algo.

Forzar siempre las cosas sería vivir en un extremo; pero no forzar nunca nada sería, igualmente, irse al otro extremo.

Hay tuercas que poseen una gran resistencia y sobre las que hay que aplicar mucha fuerza para que puedan desempeñar correctamente su función (por ejemplo, sujetar los tirantes de un puente). Sin embargo, otras tuercas nunca deben ser forzadas porque son delicadas y pueden romperse fácilmente (por ejemplo, las que forman parte del mecanismo de un reloj mecánico de pulsera).

La sabiduría nos permite discernir cuándo hay que forzar, cuando conviene simplemente apretar, o bien aflojar.

Por ejemplo, no es inteligente forzar una relación de pareja que está agotada y en la que una de sus partes ha dejado completamente claro su deseo de no seguir formando parte de ella. Como tampoco es razonable forzar a un bebé a que coma una papilla que le está produciendo náuseas.

Sin embargo, sí que puede ser muy razonable, en una familia o equipo de trabajo, por ejemplo, forzar una conversación incómoda que todos evitan. Porque aunque genere tensión momentánea, puede ahorrar males mayores, como el resentimiento crónico o la descomposición del vínculo.

O también sería lógico y natural forzar a un niño pequeño a que se mantenga cogido de la mano del adulto (suponiendo que el crío quisiera soltarse) para proteger su vida cuando ambos están cruzando una calle con tráfico intenso.

E igualmente, sería legítimo, y hasta moralmente necesario, que un pueblo forzara activamente la caída de un gobierno tiránico mediante, por ejemplo, una desobediencia civil organizada, presión internacional, sabotaje institucional, o, llegados al límite, en virtud de un alzamiento popular.

Forzar las cosas puede resultar, en ocasiones, tremendamente destructivo.
Mientras que en otras, incluso permite salvar vidas.

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