Conversación entre un carnivorista y un servidor

 

El fin de semana pasado coincidí en una quedada con un hombre con el que mantuve una conversación muy interesante. Sobre todo, porque el grupo de personas a nuestro alrededor nos estaba escuchando muy atentamente (mucho más que por el deseo de debatir con él, pues, a mi juicio, sus formas y su educación dejaban mucho que desear). El referido se llamaba Roberto.

Roberto: ...para tener buena salud hay que comer carne a diario.

Yo: ¿Cómo has llegado a esa conclusión?

Roberto: Por mi experiencia.

Yo: Imagino, pero ya que haces una afirmación con tanta rotundidad, me gustaría que la explicaras con más detalle, si no te importa. Se te ve muy convencido. Seguro que tendrás buenos argumentos que respalden tu recomendación.

Roberto: El ser humano tiene que comer carne a diario porque es carnívoro. Punto.

Yo: ¿Y por qué, según tú, el ser humano es carnívoro?

Roberto: Porque come carne. ¿Eso también te lo tengo que explicar?

Yo: Muchas personas toman leche siendo adultas, pero eso no significa que la leche sea un alimento saludable para los adultos. Si hablamos de nutrición humana, el hábito no hace al monje.

Roberto: Los hombres de las cavernas comían carne a diario. Eso no se puede discutir.

Yo: En realidad, sí se puede. Los antropólogos están bastante de acuerdo en que el primer antepasado que podemos considerar como humano fue el “homo habilis”, que surgió hace aproximadamente 2,4 millones de años. Y los alimentos dominantes en la dieta típica del homo habilis consistían en raíces, tubérculos, frutos, semillas, brotes, miel, huevos y pequeños animales. Pero lo que entendemos actualmente como “carne”, proveniente de herbívoros, jabalíes o ciervos, por ejemplo, solo la comían de forma esporádica.

Roberto: Bueno, yo no soy un homo habilis.

Yo: Ya me he dado cuenta. Si no fuera porque actualmente se cocina la carne mediante el fuego, la inmensa mayoría de quienes la consumen serían incapaces de comerla, porque la carne cruda, que es como la comen todos los carnívoros salvajes del planeta, resulta repugnante al ser humano.

Roberto: Tú di lo que quieras, pero nuestro cuerpo está perfectamente adaptado para comer carne.

Yo: Eso no es del todo cierto. Un animal genuinamente carnívoro posee cuatro rasgos específicos que nosotros, los humanos, no poseemos: Primero, siente un atractivo instintivo por la carne cruda. Segundo, su aparato digestivo es corto y muy ácido. Tercero, su dentición, es decir, sus incisivos, caninos y molares, todos ellos, son puntiagudos y afilados. Han evolucionado para desgarrar y cortar fácilmente grandes trozos de carne. Y cuarto: todo carnívoro puro engulle la carne sin masticarla y sin que ello le suponga un problema. Cosa que nosotros no podemos hacer.

Roberto: O sea, lo que me estás diciendo, hablando claro, es que eres un puto vegano.

Yo: No pasaría nada si lo fuera, pero no, no lo soy. Yo como carne un par de veces a la semana. Y de excelente calidad, por cierto.

Roberto: Entonces, ¿por qué me rayas la cabeza?

Yo: No pretendo rayarte nada. Simplemente, tú has afirmado al principio de esta conversación que para tener buena salud hay que comer carne a diario, y yo me he limitado a explicar por qué eso no es cierto. Y además, puedo añadir que jamás en toda mi vida he conocido a ninguna persona enferma que se haya curado de nada comiendo grandes cantidades de carne, y menos, a diario. Más bien, suele ser al revés. Incluso si buscas tratados o libros sobre medicina natural china, india o europea no encontrarás ni uno solo que sostenga la tesis de que para tener buena salud hay que comer carne a diario.

Roberto: Te equivocas. Hay tribus que comen carne a diario y están sanísimas.

Yo: Tribus cuya dieta esté basada en carne podrían ser los masai de África, o los inuit de Groenlandia, por ejemplo, pero ninguna de ellas se caracteriza por su excelente salud ni por su especial longevidad. Por contra, todas las tribus más longevas y saludables de la historia tienen en común, entre otras cosas, que comían carne o pescado con mucha moderación. 

Roberto: Mira, ¿sabes lo que te digo? Que no voy a perder mi tiempo contigo.

Yo: En algo coincidimos.

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