El origen psicoemocional del dolor de cabeza

Los seres humanos poseemos una mente potente y desarrollada, y no por casualidad, pues a decir verdad, es el resultado de millones de años de evolución y de adaptación al medio. No en vano, nuestra extraordinaria mente nos ha permitido afrontar innumerables y complejos desafíos que requerían método y habilidades. La mente nos ha facultado para comprender, suponer, visualizar, deducir, analizar, proyectar, imaginar y soñar. Sin ella, no existiría la cultura, ni la civilización; ni ninguno de los logros o proezas que hemos alcanzado como especie.

Sin embargo, toda manifestación en la vida requiere de una dosis justa de equilibrio para que no nos perjudique ni nos haga perder la armonía, el bienestar o la salud. Y la mente no escapa a este principio.

Adecuadamente usada, se erige como una sofisticada y ventajosa herramienta de interacción con el mundo. Un instrumento que nos permite adaptarnos exitosamente a las circunstancias. Pero si la mente se utiliza en exceso, o de una forma inadecuada, puede llegar a convertirse en una auténtica enemiga.

Imaginad por un momento un golpe en vuestra cabeza. Un golpe lo suficientemente fuerte como para quebrarla. A eso lo podríamos denominar un quebradero de cabeza. Y esa es, precisamente, la raíz de los dolores de cabeza: los quebraderos de cabeza.

¿Pero qué es un quebradero de cabeza?

Un quebradero de cabeza es un pensamiento recurrente que, además, hace daño. Puede ir asociado al miedo (Con esto de los recortes, quizá me echen del trabajo.), a una duda (No tengo claro que mi pareja siga enamorada de mí, por lo que tal vez me deje.), a un problema aparentemente insoluble (No sé como voy a hacerlo para llegar a fin de mes), a una preocupación (Tengo que esforzarme para ser el mejor, si no no podré acceder a esa beca)...

Un pensamiento dañino pero fugaz, probablemente, no causará conflicto (ni, por tanto, síntoma), pero si es lo suficientemente intenso y reiterativo, terminará provocándolo. Y si el conflicto se intensifica y se alarga en el tiempo, surgirá el síntoma: el dolor de cabeza.

Fijémonos en que, a poco que un dolor de cabeza sea molesto, invita a quedarse quieto y no hacer nada, cerrar los ojos y no pensar. O sea: desconectar. Desconectar... la mente; por supuesto.

En el plano físico, unos vasos sanguíneos sucios (con exceso de colesterol o de toxinas grasas), o bien una alimentación que favorezca la hipertensión arterial, pueden provocar una dilatación de los mismos, que, a su vez, desemboque en una dolorosa sensación de sobrepresión en el encéfalo.

Por otro lado, cuando las personas afectadas por el dolor de cabeza relatan sus síntomas, éstos pueden adquirir matices distintos de unas a otras, y es en la interpretación simbólico-metafórica de esos matices donde podemos encontrar las claves individuales para llegar a comprender la raíz del problema.

Algunas dicen: Siento presión. Por lo que de ahí se puede deducir que existen situaciones en ese momento de su vida que ejercen sobre ella presión.

Otras: Es como si me clavaran algo. De lo que se deduce que existen situaciones, o personas, que resultan hirientes u ofensivas para esa persona (evoquemos la expresión Fue como si me clavaran un puñal).

Otras: Estoy mareada. Todo me da vueltas. Un síntoma que va asociado al hecho de darle demasiadas vueltas a un asunto desagradable.

Otras: Tengo la cabeza como un bombo. Debido a situaciones o pensamientos que percuten (y re-percuten) una y otra vez en el mismo sitio, lo que llega a doler.

Algunas: Siento un malestar. Es decir, situaciones que molestan o incomodan, que hacen estar mal (malestar).

Comoquiera que sean esos matices y esas peculiaridades, el dolor de cabeza surge, esencialmente, por pensar demasiado. Es decir, por tener y alimentar en la cabeza pensamientos que, de un modo u otro, generan malestar, que provocan daño y dolor, que nos hacen sufrir.

Para evitarlo y que no vuelva el dolor de cabeza, para hacer desaparecer esa tendencia de nuestras vidas, es necesario acabar con el dañino hábito de pensar en exceso, de darle demasiadas vueltas a las cosas, de comerse la cabeza.

En realidad, no se trata de luchar contra esos pensamientos desagradables (cosa que los haría aún más fuertes y tenaces) sino de alimentar los pensamientos agradables y constructivos. Y, por supuesto, de cultivar, potenciar y entrenarse en el saludable hábito de no pensar.

A fin de cuentas, los viejos hábitos se transforman y se superan con la práctica de otros nuevos. Nuevos y mejores hábitos que vengan a sustituir a ésos que ya no nos sirven.

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