La pequeña Lisa



Una de las experiencias más mágicas que he atestiguado a lo largo de mi vida es la de Lisa, una preciosa niña de poco más de tres años, hija de una estimada alumna que tuve en uno de mis cursos, hace ya de esto algún tiempo.

El caso es que el padre de Lisa había contraído fibrosis pulmonar y se encontraba hospitalizado en estado crítico. Así y todo, él le había prometido a Lisa y a Claudia, su mujer, que se iba a curar. Sin embargo, dada su condición extremadamente grave e irreversible, no pudo cumplir su promesa; y a las pocas semanas, falleció.

La mente de un niño de tres años es muy frágil, y funciona mediante una lógica genuinamente emocional. Por eso, Lisa vivió esa promesa no cumplida, inconscientemente, como una gran traición. A lo que Claudia, su madre, por su parte, se sumió en un estado de gran debilidad y tristeza, sin su amado compañero a su lado.

Los niños, hasta los siete años (más o menos), somatizan conflictos de su madre. Por lo que Lisa, además de su propio conflicto, también adoptó ese estado interno de debilidad y tristeza que había invadido a su progenitora. Y, tal que así, a los pocos días, empezó a perder cabello.

La pérdida de cabello, a nivel psicosomático, está íntimamente ligada a una falta de fuerza (debilidad), a una falta de libertad (esclavitud/dependencia de algo, de alguien o de uno mismo), y, en esencia, a un conflicto relacionado con la Polaridad Masculina (figura del padre), que simboliza la fuerza, la confianza, la independencia, el valor, la determinación, el coraje...

Afortunadamente, la pequeña Lisa no llegó a perder todo su cabello, pero sí la suficiente cantidad como para que fuera objeto de crueles burlas en el colegio, por parte de otros niños, algo que contribuyó, aún más, a intensificar su conflicto y su disgusto.

Tres meses más tarde, Javier, el tío de Lisa, y hermano de su madre, policía de profesión, con apenas cuarenta años, se había divorciado de su mujer, la cual se había quedado con la custodia de su hija (de una edad similar a la de Lisa). Y como Claudia se sentía muy abatida, le propuso a su hermano que se fuera a vivir con ellas, al menos durante una temporada. A lo que Javier accedió gustosamente, pues se llevaba estupendamente con su hermana y, además, adoraba a su sobrinita.

Lo cierto es que Javier era un hombre fuerte en el sentido más amplio de la palabra. Lo era por fuera y por dentro. Estaba lleno de virilidad, de autoestima y de una gran confianza en sí mismo. E, inevitablemente, porque su amor así le impulsaba, empezó a tratar a Lisa como a su propia hija: con todo el cariño del mundo.

Pasaba mucho tiempo con la cría, jugaba con ella en el parque, le leía cuentos por las noches; y cuando Lisa se sentía triste, temerosa o insegura, él disipaba todas esas emociones dañinas con grandes abrazos y sonrisas, o haciéndole reír con sus bromas, animándole a seguir siempre adelante, pese a todo, y pese a todos...

En ese trance, poco a poco, y de una forma completamente inconsciente, la pequeña Lisa fue incorporando en su ser, en su bendita alma infantil, todas esas hermosas cualidades tan propias y características de su tío: su gran fortaleza, su valor, su confianza, su determinación, su independencia, su coraje...

...y así, casi como un milagro, a los pocos meses,
sus hermosos cabellos volvieron a crecer,
más fuertes que nunca,
más vigorosos,
abundantes...

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