Breve tratado sobre la dulzura



Existe un paralelismo muy preciso entre lo que comemos y nuestro universo, ya que cada alimento ingerido representa, simboliza y se corresponde con un aspecto concreto de nuestra vida.

Si hablamos de los alimentos dulces, éstos están relacionados con la dulzura en nuestras vidas. Ya sea la dulzura que recibimos de los demás o la que nos damos a nosotros mismos. Y la dulzura no es otra cosa que el amor. Por consiguiente, los distintos tipos de dulces que tomemos alimentarán distintos tipos de amor, según la propia naturaleza de cada alimento o comestible.

Hay dulces intrínsecamente dañinos, que tienden a desequilibrarnos a cualquier dosis, como, por ejemplo, el azúcar blanco refinado y todos los comestibles elaborados con él. Estos azúcares simbolizan el falso amor, es decir, la querencia. O dicho de otro modo: el sentimiento que nos impulsa a acercarnos a alguien para darle lo mejor de nosotros mismos... a cambio de algo ("Yo te quiero", en vez de "Yo te amo"). Es un "amor" que nace del ego. O incluso del "ello" freudiano, o sea, de un "eros" animalizado o embrutecido, carente de humanidad o espiritualidad.

Luego, están los dulces confeccionados a partir de alimentos naturales, como los que se elaboran con harina integral de espelta o azúcar panela, por ejemplo. Estos dulces simbolizan una clase de amor más elevado, un amor que va más allá del ego, que nace de la autoestima y del respeto, tanto por uno mismo, como por los demás; e incluso por el planeta. Sin embargo, con esta clase de dulces conviene tener muy presente la dosis, porque a poco que nos extralimitemos, también pagaremos un precio por ello: la merma de nuestro equilibrio y de nuestra salud. Además, el buscar de forma recurrente satisfacer nuestras necesidades de dulce con este tipo de alimentos pone de relieve carencias afectivas en el plano de la dulzura, ya que éstos contienen elevadas concentraciones de azúcares que no se encuentran habitualmente en la Naturaleza.

En la categoría más elevada, encontraríamos los dulces naturales no concentrados, como las frutas, las bayas, o los dátiles, por ejemplo. Son los frutos que contienen las semillas que darán origen a un nuevo ser (ojo: si no contienen semillas, no son 100% naturales). Estos dulces naturales y no procesados simbolizan el amor más puro, el amor que nace del "superyó" freudiano, es decir, nuestra parte más espiritual, la de la conciencia, la que se entrega a sí misma o a los demás sin buscar una retribución. Estos últimos alimentos han sido el eje de nuestra dieta más ancestral. A lo largo de nuestra existencia como especie, las frutas nos han ayudado a conectarnos con nuestra conciencia, con nuestra espiritualidad, con la imaginación, con nuestro yo superior, con lo divino... mientras que las raíces nos conectaban con la tierra, con lo terrenal, con la supervivencia, con la reproducción o con nuestra capacidad para asentarnos y echar raíces. Y así, de una justa proporción entre ambas, surgía el equilibrio entre el cielo y la tierra, entre Lo Masculino y Lo Femenino, entre nuestra parte Yin y nuestra parte Yang.

Es un hecho inherente a nuestra condición humana que todos necesitamos de la dulzura, o sea, del amor, para nuestro equilibrio. Y los dulces genuinamente naturales, como las frutas, vienen a cubrir esa necesidad en el plano corpóreo; pero también en el plano simbólico, ayudándonos a encontrar la dulzura genuina (el verdadero amor), tanto en nosotros mismos como en los demás.

Ahora bien, la especie humana es la más diversificada del planeta, y no todos sus individuos tienen las mismas necesidades de dulce/dulzura. Algo que conviene tener en cuenta a la hora de relacionarnos con los demás, ya que nuestras necesidades podrían ser muy diferentes de las personas con las que interactuamos.

Cuando nos alimentamos desde el amor (autoestima) y la conciencia, de una u otra manera, tendemos a buscar el equilibrio. Por eso, no nos comeremos un quilo de uvas o de dátiles de una sentada; como tampoco estaremos mucho tiempo sin comer fruta.


Y es esa misma conciencia amorosa, y su tendencia a buscar el equilibrio en todas las cosas, la que nos llevará a estar atentos a nuestras interacciones con nosotros mismos y con los demás.

¿Somos lo suficientemente dulces con nosotros mismos? ¿Tratamos con suficiente dulzura a los demás? ¿Qué es para nosotros una persona dulce? ¿Cómo actúa? ¿Cómo se comporta?

¿Está la dulzura que expresamos hacia los demás en equilibrio? ¿Nos acerca a ellos o nos aleja? ¿Nos quedamos cortos o nos pasamos de la raya? ¿Somos "insípidos"? ¿Nos falta "sabor" (sentimiento)? ¿O quizá empalagamos a los demás y los saturamos fácilmente?

¿Contribuye nuestra dulzura a que seamos más felices en nuestra vida y a hacer más felices a los demás?

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