Fibromialgia y Síndrome de fatiga crónica


Dos de las afecciones que más he tratado en los últimos años en mi consulta son la fibromialgia y el síndrome de fatiga crónica, y hoy quería compartir con vosotros algunas de mis observaciones y hablaros de lo que hay detrás de ellas, de sus causas más profundas.

El perfil de persona que me encuentro habitualmente con esta problemática suele ajustarse a mujeres de más de cincuenta años. Muchas de ellas, amas de casa. O, en su defecto, mujeres que dependen económicamente de sus maridos (o afectivamente de terceras personas, como hijos o nietos). También es habitual que compartan vivienda con algunos de sus hijos o que tengan a su cargo personas mayores.

Por lo general, son mujeres que viven en gran medida entregadas a sus tareas domésticas. Aunque quizá lo adecuado sería decir que se desviven. Es decir, que se entregan a sus quehaceres y a sus parientes hasta tal punto que se olvidan de ellas mismas. Un hecho que suele delatar una baja autoestima.

Es frecuente que estas mujeres obtengan muy poco o nada a cambio de esa desmesurada entrega. O sea, que viven para los demás pero los demás no suelen gratificarles con afecto, comprensión ni reconocimiento. Incluso algunas veces lo que reciben a cambio es desprecio, indiferencia, y hasta maltrato psíquico.

Sabemos que la fibromialgia es una afección que se caracteriza por dolores más o menos intensos por todo el cuerpo que pueden prolongarse durante horas o días, o incluso tener un carácter permanente. Y lo que hay detrás de esos dolores no es otra cosa que situaciones (muchas y variadas) que duelen. Situaciones en las que la mujer se siente (consciente o inconscientemente) abusada, o explotada, o incomprendida, o despreciada, o maltratada.

Por otro lado, el síndrome de fatiga crónica, que muchas veces va asociado a la propia fibromialgia, pone de relieve que la mujer se siente muy cansada de ciertas personas y/o situaciones. Son situaciones o personas que le han agotado durante años hasta exprimir una buena parte de su energía vital.

Sin embargo, aunque pudiera parecer a simple vista que estas mujeres son víctimas de situaciones injustas o de personas insensibles, creo que es conveniente señalar que son ellas (y sólo ellas) las máximas responsables de sus circunstancias y las que tienen el poder para cambiarlas. Para lo cual harían falta tres cosas: potenciar la propia autoestima (aprender a amarse, a respetarse, a valorarse, a cuidarse), aprender a cultivar la asertividad (saber marcar límites y hacer valer su propio criterio frente al criterio impuesto por otros) e ir conquistando su propia independencia de los demás (emocional, psíquica y económica).

Por descontado que una serie de modificaciones en la alimentación y en los hábitos de vida pueden mejorar notablemente estas afecciones. Me remito a mi propia experiencia. Y si a ese paquete de medidas le añadimos un cambio de actitud a la hora de gestionar ciertas situaciones, la curación es sólo una cuestión de tiempo.

Y no de mucho.

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