Amor... pero con pasión.

Ya fuere por mi trayectoria personal o profesional, he tenido la ocasión de conocer a muchas, a muchísimas personas, insatisfechas con su relación de pareja. Un fenómeno que con el tiempo se traduce en la apabullante cantidad de divorcios y separaciones que acontecen hoy en día. Relaciones, las que os comento, con un denominador común: no fueron uniones por amor sino por algún tipo de necesidad, de dependencia o de conveniencia. Decisiones que, en última instancia, redundan en la infelicidad; cuando no, en lacerantes conflictos de mayor o menor envergadura.

Me conviene esa chica porque es muy formal y sabe comprometerse. Me siento segura con Antonio; es un hombre muy responsable. María sería una buena madre para mis hijos, tan dulce y cariñosa como es. Con Pedro sé que nunca pasaré hambre ni dormiré bajo un puente. Yo no sé lo que sería de mí sin mi novia, ella me cuida como nadie. El hombre con el que acabo de casarme me ha jurado amor eterno. Todas ellas, quizá, bonitas frases, pero que en ningún caso garantizan la estabilidad ni la felicidad en el seno de la pareja, y que, por de pronto, no expresan ninguna pasión (etimológicamente, lo que uno experimenta o siente; aunque hoy por hoy venga a significar un sentimiento intenso, particularmente amoroso). Más bien, denotan un aire de seriedad y de aparente seguridad en esas relaciones. Pero, ante esta perspectiva tan formal, me pregunto, ¿es conveniente afrontar una relación de pareja donde predomine la forma sobre la pasión y el enamoramiento? ¿Cuántas personas inician un camino compartido verdaderamente enamoradas de sus parejas? Y, ¿puede perdurar agradablemente una relación en la que no arde la llama del amor ni de la pasión? ¿Por cuánto tiempo?

El vídeo que podéis ver a continuación ilustra perfectamente mi tesis: la de que vivir una relación de pareja basada en la pasión (que no es lo mismo que el amor pero que no tiene por qué exluirlo) y en la pasión tampoco es una garantía de estabilidad ni de felicidad, pero, al menos, nos permite sentirnos extraordinariamente vivos, y saborear una de las emociones más maravillosas que puede experimentar un ser humano: enamorarse.

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La protagonista de este filme (¿Conoces a Joe Black? -una película que, dicho sea de paso, no me enamoró-) interpreta una escena junto a Anthony Hopkins que no tiene desperdicio. Él llama la atención de ella sobre su intención de casarse con un hombre que es emprendedor, seguro, responsable y muy educado; sí. Con todo, el padre no advierte en su hija el menor atisbo de pasión ni de enamoramiento, por lo que intenta convencerla de que se replantee su decisión.

Partiendo del derecho inalienable de cada persona a hacer con su vida lo que le plazca, bien es cierto que la sugerencia que le hace este padre a su hija se antoja del todo oportuna. A fin de cuentas, él pretende que no se repita con ella la desafortunada historia de desamor que él mismo vivió con su esposa (los hijos tendemos a heredar las asignaturas pendientes -conflictos no resueltos- de nuestros padres).

Desde luego, el amor tiene que ver con el corazón, no con la mente. Ambos son esencialmente distintos. Por eso creo que lo mejor, a la hora de compartir la vida con otra persona, es atender a lo que siente nuestro corazón, en vez de escuchar los sólidos argumentos que pueda darnos la mente (detrás de los cuales suele esconderse el miedo -a arriesgarse, al dolor, a perder-).

Porque el amor es espontaneidad, es riesgo, es incertidumbre, es emoción, es fuerza, y, por supuesto, pasión. Y es, además, lo que nos permite sentirnos profundamente humanos, vivos y auténticamente conectados con el Universo.

De nosotros/as, y sólo de nosotros/as, depende la decisión de con quién/es compartimos cada segmento de nuestra vida. Y puestos a compartirla con alguien, ¿por qué no dejar que sea nuestro corazón el que lo decida? A fin de cuentas, la mente siempre podremos dejarla para otros muchos menesteres, en los que, con toda certeza, nos servirá eficazmente.

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